Erik-A







La casa era oscura por dentro, los grandes cortinones lo tapaban todo: la luz, la esperanza, la lluvia... Buscó con la vista su reflejo en todos los espejos, tantos que se encontró mirándose desde todos los ángulos de las paredes, de rosa, de verde lima y 
de azul, llenas de cuadros, que, reflejados en los espejos, le hacían el camino hasta la escalera intransitable, porque ya no sabía si se contemplaba a sí misma o los retratos: de caballeros medievales, de damas, de cortesanas, ajedrezados, desvaídos, rotos, antiguos y nuevos. Y lejos le pareció que quedaba la escalera: la escalera de peldaños rojos, con su barandilla adornada de serpientes aladas, retorcidas y apunto de volar...

Señor Salme
Se detuvo al pie, inspiró una bocanada de aire, miró al techo, para olvidar todas esas imágenes absurdas de sí misma y de los otros. Apuntaló los pies, cerró los ojos y se balanceó suavemente entre la música que llegaba desde el piso superior. No sé qué música era; me recordó a CocoRosie, a cuentos extraños, a escaleras en contrasentido y laberintos en la mente. Sólo tenía que subir.
























Y, cuando subió, encontró muchas cosas en el piso superior. Estaba vacío, pero contenía muchas cosas. Eran objetos que recordaba, de esos que una vez amueblaron una casa normal, de los que no existían, aunque estaban por todas partes, en la habitación rectangular y polvorienta.



La mujer se acecó a la ventana y esperó. Las gafas de sol impedían que le sol asfixiante la cegara. Se 
encontró observando los árboles que delineaban la carretera. Se ajustó las gafas de aviador y encendió el comunicador, un aparato pequeño, delgado, plano y alargado, compuesto de luz blanca brillante. En la misma habitación se desplegó un único componente. No era un mutante y, pese a todo, en ese lado si lo era, en el otro lado, Erik-A era la mutante.

-¿Todo bien?- preguntó la voz.
-Todo bien- contesto Erik-A, moviéndose por la habitación en línea recta.
-Tienes que encontrar una caja, ¿la ves?
-¿Qué coño quieres que vea? ¿ Una caja, una puta caja?
-¿Para qué te he entrenado? Yo no puedo pasártela- dijo el ente- . Mejor la coges, esté o no esté.


Erik-A se frotó la frente con el doros de la mano y se quitó las gafas. Intentó interpretar el lugar exacto, comprender dónde estaba exactamente la caja y para qué la quería. Era inútil.



Supo desde el principio, desde antes de subir, que su vida en ese lugar no sería fácil. Hallar vida humana, como la suya, era prácticamente imposible. Se metió de lleno en la tarea de encontrar la caja. Conocía dónde había estado en el pasado, pero ahora todo era diferente, la habitación no estaba en el mismo ángulo y las paredes se desdoblaban en dos mitades. Volvió a ponerse las gafas. Desentrañar todos los misterios que le habían llevado hasta la casa era difícil y  empezaba a dolerle la cabeza por la presión de buscar, cuando, en realidad, no tenía que buscar nada, los datos ya estaban dentro de su cabeza.

Podía oír las voces de los cuadros en la escalera, hablando de sucesos insustanciales de otras épocas que la aburrían. Realmente, casi la totalidad de lo que había encontrado la aburría. Ese mundo limitado, arcaico y cuadrado no estaba hecho para ella. Verse reflejada en cada historia era un auténtico galimatías.

Esa noche no pudo dormir. Arrinconada en el suelo sucio, apoyada en la pared, encogida como una niña pequeña, esperó que se comunicaran con ella por la mañana, y lo dio todo por perdido cuando no encontró ninguna respuesta a su llamada. Tendría que rebuscar en su mente y eso la inquietaba. Se acercó a la ventana; el trino de los pájaros era molesto; le resultaba indiferente; arrastraba su memoria como una serpiente entre la hierba.En el bolsillo de su abrigo brillaba el comunicador. No escuchó instrucciones cuando lo acercó al oído, escuchó música, una melodía que no recordaría al despertar.


Encontró la caja por la mañana. Tendría que abrirla para recuperar los datos y eso le llevaría tiempo. Sin embargo, el cambio de escenario era evidente: uan cama donde dormir y calefacción. Una jarra de agua sobre la mesita de noche. Un e- reader obsoleto y un paquete de cigarrillos. Otro nuevo día para seguir aprendiendo y encontrar la puerta de salida, porque, en la nueva habitación, no había ninguna.

Pensó en ese momento en las letras inscritas en los cristales oscuros de sus gafas: whith whithout. Le pareció que el constructor había tenido un pésimo gusto, con sus gafas, con su pelo y con la sonrisa impertinente que se dibujaba en su cara como si los acontecimeintos fueran de oro y los putos cristales de color de rosa.




Pero Erik-A era algo más que una buscadora, algo más que una superviviente, Erik-A era una cazadora. La caja se abrió con facilidad y le enseñó todas los elementos que el ente no podía ver. Su mente de química los clasifico en un segundo, los separó por densidades, los balanceó, los midió y los volteó. El compuesto perfecto apareció ante ella con su sublime ardor de fuego y su inestable equilibrio. Intentó no moverse para no perforar la esfera. Tendría que transportarla escaleras abajo, y eso no era nada sencillo: como mantener un huevo sobre una cuchara con los ojos vendados. 
  



La puerta multidimesional se abrió junto con la caja y el mutante tendió la mano a través, pero ella no pensaba entregársela; no después de todo lo que le había costado conseguirla. Tres planetas, dos agujeros negros y las dos últimas galaxias; podían irse a la puta mierda sus normas, su caja y el jodido contenido. 

La esfera de oro líquido la siguió escaleras abajo. Su compañero la estaba esperando en el último peldaño.

-El trato no era ese y lo sabes.
-No, no lo era- contestó Erik-A.-Tampoco lo era prescindir de mí cuando consiguiese la esfera y eso es exactamente lo que pensaba hacer.
-Cómo lo sabes, Erik-A, nunca das margen, nunca.
-Ellos no me dieron margen- contestó la chica, caminando hacia la salida de la mansión victoriana.
-¿Qué vas a hacer con la esfera?
-Ubicarla para volver a casa.
-Si ni siquiera sabes donde está- protestó el hombre, deteniendo el paso.- Mira. Creo que eso no es nada bueno.
-No, no lo es. Y la puerta se cierra, Erik. ¿Dónde están los demás?
-Cerca, pero no pueden ayudarnos todavía.
-Mierda. Ahí están las luces.
-Gira la esfera.
-¿Qué? - Erik-A miró a Erik, la esfera se agitó de forma imperceptible.
-Hasta el punto rojo.
-¿Y tú cómo coño sabes que tengo que hacer?
-¡Gírala, joder!



Observaron las luces llegar, las luces blancas y alargadas, las manos y los cuerpos alargados. El punto de luz roja quedó incrustado en el techo del recibidor.


Las sombras alargadas no se detuvieron.



Erik-A se preguntó durante un rato dónde estaba la luz roja. La esfera goteaba un líquido caliente y espeso, que le resbalaba por las manos pálidas y huesudas.

-Está rota- se quejó Erik-A.
-Era previsible- dijo Erik.
-¿Dónde estamos?



Erik-A echó un vistazo a su alrededor. Las paredes de la casa g´tica ya no estaban; la enorme puerta de la entrada había desaparecido, los seres de luz, alargados e incompletos, desvanecidos, y la esfera rota. Erik-A abrió la mano, flácida junnto al costado derecho. La bola agujereada rodó hasta golpear el muro metálico.

-¿Qué haremos ahora, Erik? Con esto podemos volver- señaló la esfera en el suelo, expulsando el líquido que quedaba a impulsos concisos.

-No lo sé. ¿Tienes el intercomunicador?- Erik se acercó a la chica. Los cristales de las gafas estaban estallados, el color rosa difuminado y los ojos de Erik-A ya no brillaban-. No es necesario pensar ahora. Sólo podemos esperar. Y arreglar el maldito cachivache.



Se lo arrancó de la mano a Erik-A. Erik-A se sintió confusa.

-¿No ves que está rota, no lo ves? ¿No ves que está rota?- repitió.
El hombre alto, de cabello negro y oscuro, vestido de cuero negro de los pies a la cabeza, no le hizo mucho caso. Se entretuvo en dilapidar el tiempo agitando el comunicador de luz arriba y abajo.
-Como si fuera nuestro amigo... -dijo la chica con inocencia.-No vale para nada, ese tampoco ayuda una mierda. ¿Has visto lo que hicieron con los que bajaron por la otra escalera?
-Nadie te ordenó meterte en la casa y menos en la casa gótica. Deja de girar; no es lo tuyo, parece.
-Ni que yo hubiese creado tantas puertas- protestó.
-Algunas.
-Bah... algunas.- Le pegó una patada a una piedra; el sonido metálico rebotó y se hizo el silencio.
-Un eco, un eco solamente para dejar mis pisadas y escuchar el ir y venir del oleaje. Un eco, un eco solamente y el aullido de tu voz me arrancará las entrañas con sus mil voces... Un eco solamente percibo y ese eco es la reminiscencia de un eco pasado: Un eco futuro que adormece y me tienta y me subyuga; un único y certero eco como una flecha desnuda.
Erik-A miró hacia su derecha.
El suelo estaba lleno de piedrecitas y la atmósfera cargada. Extrajo un tubito negro del bolsillo de su chaqueta.
-Es azufre.
-¿Azufre?
-Sí. No creo que encontremos nada aquí, pero si no podemos arreglar esto...- Dió un par de pasos más y recogió la bola. Erik estaba sólo a unos cuantos metros, en el centro del recinto cerrado.
En la superficie palpó un agujero diminuto; el material cristalizado no contenía nada y el líquido quedó perdido para siempre.
-¿Tienes alguna idea, princesa?, porque no creo que mirarla nos dé una solución y tenemos que pirarnos de aquí cuanto antes. Está subiendo la condensación y nos asfixiaremos.
-No me quedan muchas. Una opción es dejar a un lado nuestras diferencias con el bicho y pedirle que abra la puerta; tú le explicas que el objeto de sus fantasías se ha jodido.

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