Fantasía en verde

-¿Dónde estaba el misterio?
-El misterio estaba en todas partes, en la superficie de la piel que no podía tocar, en el agua de la fuente extraña y misteriosa que cumplía los deseos; pero lo cierto es que estuvo desconectada demasiado tiempo, y se durmió, y, cuando despertó, todo era distinto; el tic-tac del reloj era débil y tenue; se preguntó porqué las cosas no sucedían; tal vez se había perdido; solía perderse en la vida de otras personas, y algunas ni siquiera le gustaban, solía perderse en el desánimo y no comprendía.
-¿Qué es lo que no comprendía?- pregunté.
-Nada, creo que no comprendía nada, al menos no había descubierto como mantener la puerta del Salón rojo de los Juegos Verdes abierta.
-¿ Y eso qué es?- preguntó García.
-Hummm, no lo sé con exactitud. Hace mucho tiempo de eso. Está cansada y todo lo demás poco le importa. El anciano la condena a repetir lo mismo muchas veces.
-¿Cuántas veces?
-Muchas.
-Bien… pues: dime: ella estaba equivocada, encerrada en su torre de diamante; es cierto, yo lo vi; y allí vi a unos cuantos de los Oscuros, y se le borró la sonrisa.
No supo quienes eran los Oscuros, y Anfibio se pasó el resto de la eternidad observando el lugar donde estaba el salón de los verdes o los rojos o los azules. Todo era una fantasía. Descubrió que la echaba de menos y que todo cuanto hacía tenía un insensato sentido de la orientación equivocado. Los finales eran inconclusos y los amaneceres le dolían soberanamente. Dejó una flor sobre la cama. Una taza vacía. El smartphone blanco. Las cartas sin abrir con el lacre rojo y antiguo. Pronto, muy pronto traspasarían las puertas y dejarían de ser un sueño dentro de un absoluto.
La burbuja contenía eso y mucho más que eso. En el centro, la sala roja, alrededor, la sala verde, a la derecha, una flor extraña, y a la izquierda, la botella que contenía todos los vientos. Al telescopio, desde la casa de Robin, así se veía. Comprendieron que la sala roja de los juegos consistía en unos cuantos deseos ensamblados con la realidad circundante y una luna verde que giraba a su alrededor con regularidad matemática y órbita aleatoria. Los mundos imaginarios eran así, un tanto caóticos y desordenados.
La creatividad es movimiento y de eso estaba configurado ese orbe, donde los seres, medio élficos, convivían en armonía perfecta. El salón rojo de los sueños verdes ya era otra cosa: en él encontraron muchas personas bailando, cantando y saltando, la alegría pura enlatada en una burbuja extragaláctica.
Desde la ventana Analía y Arturo, pensaron que los mundos extraños siempre resultaban extraños a la vista. Construyeron en poco tiempo una nave, y con todos sus sueños y un par de maletas, resolvieron descubrir ese planeta, a medio camino entre una cápsula de cristal y el agua de un océano de estrellas, repleto de soluciones descabelladas.
Anthony Ausgang
El hálito mortuorio les devolvió a una realidad distinta e imperfecta. Descubrieron el odio y la ira; descubrieron que tras el perdón se escondían mil puertas y mil heridas nuevas y antiguas; descubrieron que pensaban demasiado; descubrieron que no podían llorar porque les dolía. Todo esto descubrieron mientras viajaban, cuando cruzaban galaxias, en tanto miraban estrellas. Y el dolor no se atenuaba y no sabían cerrarlo, y los seres rojos comenzaron a temerlos; se cerró el salón verde y los sueños vagaron hacia otro lugar.
Marina preguntó si el chico del cuento se autolesionaba. Ernesto contestó que no. Marina preguntó de nuevo dónde estaba el planeta de cristal, con su botella y sus nubes grises; él respondió que no lo sabía; ella le dejó un acertijo escrito en un papel. Porque cuando Marina se sentía sola escribía, cuando Marina no podía sentir, escribía, cuando Marina recordaba, escribía. Marina no entendía por qué simpre le pasaba lo mismo, por qué volvía al mismo punto de partida una y otra vez. A Ernesto le recordó a una estatua de piedra: ¿quién quiere mirar a una górgona? Ernesto pensaba que Marina era tonta de remate; Marina pensaba que lo suyo no tenía solución. Yo escribo y pienso que la solución la tiene el que conoce la historia. Pero lo cierto es que a Marina le dolía tanto el corazón, que decidió arrancárselo; y allí está, en un museo, embalsamado y acristalado, condensado y sublime. Después de todo, la historia se hila fino y el entramado es perfecto. Lo cierto es que Marina carecía de disciplina, lo cierto es que Marina carecía de compasión; lo cierto es que Marina tiene mala suerte y nada de esto es una cosa cierta. Lo cierto es que el planeta-nube está a punto de recibir una visita de los chicos del telescopio.
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En el museo, el hombre se detiene frente a la vitrina. Ve un corazón diminuto, etiquetado. No late. Bueno… Sí. Un poco-; se detiene y comienza el ritmo frenético. No quiere mirarlo. Se pone su capa. Engancha el cierre, baja la capucha sobre los ojos. CORAZÓN DE MARINA. Muerto el día 25 de enero a las 7:53 de la mañana, hora española.
¿Y por qué está muerto?, pregunta un escolar en vías de extinción, con la voz un poco ronca y un par de palmos de altura por encima del año anterior. Papá se encoge de hombros. El niño bosteza y se lleva la mano a la boca. La nave de los chicos del telescopio desciende sobre el planeta burbuja. La atmósfera es densa. El aire es rojizo. Los labios de Marina están cenicientos. Las flores se marchitan. Los dos salones a la derecha, dentro de la gran urbe amurallada, están vacíos…



I-

Anfibio reflexionaba en el salón sobre la suerte de los chicos. Se entretenía en tejer una manta: ahora la tejía, ahora la deshacía. En la pantalla transparente de su nuevo computador, los datos, los números, hasta las palabras y los latidos del corazón de Marina, que ahora era verde del todo, tenían cabida. Entró una sirvienta y Anfibio dejó las agujas, la lana en el sofá de terciopelo. En cuanto al equilibrio de los datos… Hummm… No había nada, ni la mínima intención de que descifrarlos con facilidad fuese la intención de los dos muchachos. Se abrieron las branquias de par en par, después de entrar el agua y abrirse el opérculo por completo. La sirvienta busco entre los libros aguados, en las estanterías de madera podrida, con la mirada del Anukiano enganchada a su coronilla.
-La gracia es que no puedo encontrar lo que quieres. Hacia el mediodía terminará de hundirse.
-Es un hábito. Los barcos como este no se hunden antes de lo previsto.
-Se hunden a la hora exacta-. Los tentáculos se movieron por el rostro.
-Trata de quitarte ese sombrero, porque no te favorece-. Anfibio acercó las manos a los libros. Los hombros chocaron. La sirvienta soltó el libro flotante. Las hojas se revolvieron en el agua. Anfibio buscaba, palpaba los cantos y algunos se descomponían con el roce de la piel con escamas.
-Alcánzame ese.
-¿Ese?- Señaló ella hacia uno que estaba muy arriba, muy grande y muy gordo.
-Ese.
-No sabes si es ese y casi no me queda oxígeno para hacer un último esfuerzo.
-Bien, yo lo cojo.
Las manos y los pies se agitaron dentro de la habitación. Con una cierta torpeza, con una incierta ternura, con la brevedad angelical del que espera llegar de un salto al final de la estantería y asir el objeto de sus fantasías, dejarlo caer, cuando la sirvienta abre el mandilón para recoger la manzana del árbol y reconocer el flujo de la  gravedad dentro del agua.
-Tienes una llamada.
-Te aseguro que en mis sueños es lo que más quiero. ¿Te imaginas a alguien viéndonos aquí, tan sumergidos, con nuestros quehaceres absurdos, con nuestra palabrería inútil? (Suspiró)
[-Tu no puedes suspirar.]
[-Como si pudiera. ]
-¿Qué pasa? Molestas. Te dije que no me molestaras cuando...
-Es grave, grave de gravedad, quiero decir.
Eso es lo que dijo la voz rancia, la voz estridente y loca, la voz grave y tintineante.
-No es lo que esperaba.

Anfibio se tocó el cabello largo y blanco, flotando entre las algas y la herrumbre. Anfibio se inclinó en la silla. La pantallita balanceante del ordenador, la pantallita redonda y pequeña se balanceó suavemente. El corazón de Marina en el otro monitor seguía bombeando sangre, azul celeste, violeta, sístole y diástole.

-No comprendo.

El rostro del anukiano enrojeció. De ira. Lo que tenía que decirle era grave, formal, importante. El de las escamas miraba hacia otra parte, la webcam estaba sola, el vacío existencial al otro lado de su mensaje, eso era. El rostro escamoso del anukiano se entristeció, los ojos se le cerraron y cayó en un acomodado mutismo, silencioso, denso y oscuro. El escamoso hombre de las estrellas dejó de sentir curiosidad por el corazón palpitante y enrojecido de Marina, se acercó a la pantalla redonda, ligeramente balanceada, encendió y apagó la webcam un par de veces; al de la cara roja se le disipó el sueño. No tardaron en entender - la del pulpo en la cabeza por sombrero, y el anukiano-anfibio- que la nave se estaba convirtiendo en una papelera.

-Apaga los sistemas y larguémonos. Coge el corazón.
-Si sólo es una pantalla- protesto Quimera.
-Cógelo y  ya está. Te lo explico cuando estemos fuera, si es que no te cae solo que necesitamos los datos de los terminales y cuanto podamos rescatar. Se hunde, princesa- añadió, cogiendo la pantalla redonda y tambaleante y su manta de punto con sus agujas
-Te lo dije, se hunde y te lo dije.
-Eso no importa. Me echas la bronca en otro momento. Escruta fuera, que no sé si hay vía libre.
-Mental, armamentístico y surrealista. Su corazón en un museo embalsamado y el elefante en el tejado del último edificio que dejaron en pie esos talibanes.
  -No discutas,querida. El holocausto de los Greemchmans fue mucho peor; la dispersión de los hombres cebra; el dominio de la raza Gloop... Quimera, esto es todo lo que queda de Marina. Está en la pantalla de este ordenador. Nada más. Nos vamos.

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