Ahora, Gabriel , el del pelo corto y espeso, el del flequillo sobre la cara llena de granos propios de un adolescente y barba de tres días, que no hacía más que agravar el problema, dejó caer la misteriosa respuesta que todos estaban esperando. La niña de "los Chester" había muerto de sobredosis. Con detenimiento, la moto, una Yamaha TDM 900, se quedó reducida a una mota de polvo bajo la mirada de Carola. Lil trató de obviar todos los comentarios de Al J. en lo referente a la muerte, los titulares, la foto de prensa y la página en Facebook. Al J. se bebió la Heineken de un trago -lo que quedaba- y tiró la lata al suelo; la bota arrugó el aluminio como papel. Lili frunció el entrecejo.
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miércoles, 30 de mayo de 2012
lunes, 7 de mayo de 2012
Sin título (cuando)
Para Liliana todas esas cosas eran de lo más normal: Porque hacía tiempo que Liliana había decidido ser otra persona, hacía tiempo que lo había enviado todo al infierno (al suyo personal); hacía mucho que no estaba enfadada con su madre, -mucho... del tiempo en que había dejado de mortificarle tener "su" vida y no otra-; mucho, mucho para comprender que estaba harta de vivir en un mundo reducido y parásito. Si a esto nos referimos, Lili, había dejado de ser una hipocondríaca hacía tiempo; lo de ser una hipócrita la traía sin cuidado, y lo de llevarse bien con Al. J... Liliana había decidido que Al J. era un imbécil y nada ni nadie podrían cambiarlo.
martes, 27 de marzo de 2012
Sin título (cuando)
A Liliana no le gustaba la actitud de Al J. no le gustaba que la ignorase todo el tiempo y que detuviese la mirada anquilosada en su moto y en sus bragas alternativamente.
El resto del grupo no tardó en llegar.
Hacía calor, los geranios estaban secos y las prímulas se mantenían erectas bajo los aspersores. Liliana pensó que Al J. era un imbécil. Le gustaba observar a Diego: la sonrisa traviesa y los ojos azules. Diego no se fjjaba en ella nunca, si no era para decirle que no se pusiera una falda tan corta y unas botas tan altas. Diego le parecía un estúpido, pero es que, a Liliana, últimamente, todo el mundo le pareció ajeno a su mundo; a ese mundo que a ratos la frustraba y a ratos le hacía sentir eufórica y no parar de reír sin motivo.
Los motivos de Liliana eran evidentes, porque el divorcio de sus padres y las discusiones por su custodia se sucedían sin cesar, como cuando contaba ocho años; en realidad, nunca habían dejado de discutir.
A Liliana no le gustaban los chicod, a ratos los aborrecía, puede que por esa sensación deprimente que le provocaba que su padre tratase de quitársela de encima; y todo eran suposiciones, porque nunca le había preguntado si quería llevársela con él a México, la conciencia le remordía cuando pensaba que Marta se quedaría sola - bueno, con los abuelos-, y que la vería sólo en las vacaciones.
-Estás alelada, Liliana.
Gisela era demasiado dura con la chica, no la dejaba ni respirar. Liliana se agarró al brazo de Al. J. Se desprendió a duras penas de la sensación de culpa y de las ideas extrañas que le alborotaban la cabeza.
No tenía tiempo para decidir, no sabía siquiera si podía decidir. Liliana nunca había sabido en que lugar encajaba, cual era la pieza que tenía que usar en el tablero. No sabía cómo enfrentarse a su madre. Liliana no sabía casi nada de lo que tenía que hacer y no encontraba soluciones para nada. Sin darse cuenta, era la angustia la que ya no le dejaba pensar; la paciencia tampoco estaba en su diccionario mental. Recordaría los dieciséis como una etapa oscura y absurda. Recordaría tiempo después la cocaína sobre la mesa, las noches sin dormir, el sexo con Al J. para olvidar; recordaría a Al J. agacahado para mirarle las bragas como si tuvieran ocho años y esa necesidad de que alguien la sacara de su vida, cuando no tenía otra y la suya le gustaba.
martes, 27 de diciembre de 2011
Sin título (cuando)
Puso los pies, vestidos con las botas grandes y embarradas, sobre la mesa. Liliana tosió y carraspeó, en un intento de que Alejandro se fijase en su airada y sibilina mirada abominablemente destructora: Al J. nunca se fijaba en nada excepto en el largo de su falda y en el color de sus bragas cuando se agachaba para simular atarse los cordones; eso cuando conseguía bajar los pies de la mesa: poco frecuente.
(Continua cuando tenga ganas)
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