martes, 22 de noviembre de 2011

Venecia

Sangre en los labios, frío; los dientes y las encías amoratadas y no era un vampiro (¿o sí?)


Ahondaba el otro día en los miserables instintos de estos seres no tan abominables -sentado a horcajadas en una silla-, en la construcción y el origen de su leyenda, en el insinuante traducción de la palabra undead; nada que ver con los zombis. Desde el Drácula de Stoker, no dejo de buscar un simbolismo que los ate a nuestro mundo, el de los humanos y las "otras criaturas que se mueven". Hace tiempo que he reinventado el termino, dejando salir una nueva especie: perdí los malditos apuntes cuando salí de Alemania. En alguna parte de mi cerebro conservo los restos de una historia; me pregunto si podré reconstruirla y traer a la vida de nuevo la verdad que yo conozco.  Realizar mi empresa no carece de graves inconvenientes: por el momento, todo parece estar detenido, congelado. En el vagón del tren aerosuspendido, entre los amasijos de lo que fue una ciudad espléndida, cerca del Puente de los Suspiros, mis ojos se pierden en la basta inmensidad de un océano de luces descompuestas. ¿Acaso la felicidad tiende a ser tan esquiva pese a tener tan poco tiempo? Lo es, concedo.



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