Y en ese instante supo que no estaba agudizado el sentimiento de lejanía. Lo sintió cerca, demasiado, la respiración en la nuca, pausada y constante. Se arrellanó en la escalera, contra la pared, en la turbia oscuridad que le impedía ver con exactitud el color de los ojos brillantes y rojos, sentado en el suelo.
La bestia no lo siguió en la penumbra, persiguió a la rata hacia el sótano, dejando un hedor extraño en el aire cortante.
Hacia mucho que todos se habían dado cuenta del cambio repentino, de la fragilidad con que la gente mutaba: se retorcían en su apatía, se dejaban llevar por el miedo, y, finalmente, el olor de la sangre los manejaba a su antojo entre las luces. Únicamente la falta de sueño resultaba verdaderamente pavorosa. Mientras, un par de pisos por debajo, cerca de la caldera vieja y rota, entre la humedad y el frío, escuchó los ruidos característicos del animal que mastica a su presa en silencio. Puede que sólo... Todo aquello se escapaba de los cánones establecidos, de los estudios efectuados sobre la mutación en el ADN. Ampliados los experimentos, y fuera del laboratorio, nadie podía desentrañar el resultado, ni la causa orgánica; tampoco elaborar ninguna teoría que explicase los efectos del gen mutante sobre los animales y los humanos. Él estaba decidido a esperar.
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