La casa era oscura por dentro, los grandes cortinones lo tapaban todo: la luz, la esperanza, la lluvia... Buscó con la vista su reflejo en todos los espejos, tantos que se encontró mirándose desde todos los ángulos de las paredes, de rosa, de verde lima y
de azul, llenas de cuadros, que, reflejados en los espejos, le hacían el camino hasta la escalera intransitable, porque ya no sabía si se contemplaba a sí misma o los retratos: de caballeros medievales, de damas, de cortesanas, ajedrezados, desvaídos, rotos, antiguos y nuevos. Y lejos le pareció que quedaba la escalera: la escalera de peldaños rojos, con su barandilla adornada de serpientes aladas, retorcidas y apunto de volar...
Se detuvo al pie, inspiró una bocanada de aire, miró al techo, para olvidar todas esas imágenes absurdas de sí misma y de los otros. Apuntaló los pies, cerró los ojos y se balanceó suavemente entre la música que llegaba desde el piso superior. No sé qué música era; me recordó a CocoRosie, a cuentos extraños, a escaleras en contrasentido y laberintos en la mente. Sólo tenía que subir.
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