Marina
preguntó si el chico del cuento se autolesionaba. Ernesto contestó que
no. Marina preguntó de nuevo dónde estaba el planeta de cristal, con su
botella y sus nubes grises; él respondió que no lo sabía; ella le dejó
un acertijo escrito en un papel. Porque cuando Marina se sentía sola
escribía, cuando Marina no podía sentir, escribía, cuando Marina
recordaba, escribía. Marina no entendía porqué simpre le pasaba lo
mismo, porqué volvía al mismo punto de partida una y otra vez. A Ernesto
le recordó a una estatua de piedra: ¿quién quiere mirar a una górgona?
Ernesto pensaba que Marina era tonta de remate; Marina pensaba que lo
suyo no tenía solución. Yo escribo y pienso que la solución la tiene el
que conoce la historia. Pero lo cierto es que a Marina le dolía tanto el
corazón, que decidió arrancárselo; y allí está, en un museo,
embalsamado y acristalado, condensado y perfecto. Después de todo la
historia se hila fino y el entramado es perfecto. Lo cierto es que
Marina carecía de disciplina, lo cierto es que Marina carecía de
compasión; lo cierto es que Marina tiene mala suerte y nada de esto es
una cosa cierta. Lo cierto es que el planeta-nube está a punto de
recibir una visita de los chicos del telescopio.
lunes, 26 de marzo de 2012
Fantasía en verde
Y el hálito
mortuorio les devolvió a una realidad distinta e imperfecta.
Descubrieron el odio y la ira; descubrieron que tras el perdón se
escondían mil puertas y mil heridas nuevas y antiguas; descubrieron que
pensaban demasiado; descubrieron que no podían llorar porque les dolía.
Todo esto descubrieron mientras viajaban, cuando cruzaban galaxias, en
tanto miraban estrellas. Y el dolor no se atenuaba y no sabían cerrarlo,
y los seres rojos comenzaron a temerlos; se cerró el salón verde y los
sueños vagaron hacia otro lugar.
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