lunes, 26 de marzo de 2012

Fantasía en verde

Y el hálito mortuorio les devolvió a una realidad distinta e imperfecta. Descubrieron el odio y la ira; descubrieron que tras el perdón se escondían mil puertas y mil heridas nuevas y antiguas; descubrieron que pensaban demasiado; descubrieron que no podían llorar porque les dolía. Todo esto descubrieron mientras viajaban, cuando cruzaban galaxias, en tanto miraban estrellas. Y el dolor no se atenuaba y no sabían cerrarlo, y los seres rojos comenzaron a temerlos; se cerró el salón verde y los sueños vagaron hacia otro lugar.



Marina preguntó si el chico del cuento se autolesionaba. Ernesto contestó que no. Marina preguntó de nuevo dónde estaba el planeta de cristal, con su botella y sus nubes grises; él respondió que no lo sabía; ella le dejó un acertijo escrito en un papel. Porque cuando Marina se sentía sola escribía, cuando Marina no podía sentir, escribía, cuando Marina recordaba, escribía. Marina no entendía porqué simpre le pasaba lo mismo, porqué volvía al mismo punto de partida una y otra vez. A Ernesto le recordó a una estatua de piedra: ¿quién quiere mirar a una górgona? Ernesto pensaba que Marina era tonta de remate; Marina pensaba que lo suyo no tenía solución. Yo escribo y pienso que la solución la tiene el que conoce la historia. Pero lo cierto es que a Marina le dolía tanto el corazón, que decidió arrancárselo; y allí está, en un museo, embalsamado y acristalado, condensado y perfecto. Después de todo la historia se hila fino y el entramado es perfecto. Lo cierto es que Marina carecía de disciplina, lo cierto es que Marina carecía de compasión; lo cierto es que Marina tiene mala suerte y nada de esto es una cosa cierta. Lo cierto es que el planeta-nube está a punto de recibir una visita de los chicos del telescopio.

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