A Marisa le gusta mirarse en el cristal de los escaparates, caminar por las calles para hacer fotografías, pasear con su perro y jugar al golf. A Marisa le gustan las cosas sencillas, la gente sencilla y los días lluviosos. Le gusta sentarse en una terraza atestada de gente y observar a los viandantes.
Las clases en la "uni" habían sido a ratos tediosas y a ratos interesantes. Nadie podría sospechar, que la chica estirada, esbelta, impertinente y pecosa, sentada frente a una mesita de uno de los más elegantes cafés de la ciudad de sus sueños, se hubiese licenciado en derecho.
Marisa siempre lo veía todo torcido, como la torre de Pisa, aunque era americana hasta la médula. Así era Marisa; llena de contradicciones, de fantasías, de certezas irresolutas e irresolubles. Temerosa, irresponsable y muy sensata. El corpachón atlético de su amigo Bruno se dejó caer sobre la silla sin avisar.
-¿Qué tal con tus tíos?- preguntó Marisa. La sonrisa traviesa recayó en la cara de Bruno. Bruno estaba mirando a la camarera.
-Alejado de lo que suelo intuir como bueno. Un café con leche.
'Nada interesante; ya sabes como son: han traído un gato de angora de su último viaje a Persia y no me dejan en paz ni un segundo. Mi tía no tiene claro si pintarle las uñas, dejárselas tal cual, o recortárselas y dejar que se esnafre cuando salte sobre los muebles.
-Ni caso- concluyó Marisa.
La camarera, una rubia portorriqueña hábilmente teñida, dejó el café sobre la mesa, la cuenta, en un hermoso plato plateado, con su pinza y su papel de satén, y los bollos bañados en licor que había pedido Marisa, con las iniciales del establecimiento modeladas en la masa, en una fuente de porcelana blanca. Bruno se descongeló en el asiento un instante: cogió el sobrecito, le pegó una sacudida, lo abrió y derramó el azúcar sobre la espuma del café. Los ojos de Marisa se perdieron entre las mesas. Los sabores de la repostería se depositaron en su lengua y la taza de té se vació en un instante, consumida entre los labios. Bruno, con su tranquilidad habitual, volvió a recostarse en el respaldo de la silla y descansó los antebrazos en las piernas.
Con el codo apoyado sobre la superficie metálica y la mano cerrada en un puño debajo de la barbilla, Marisa vio a Dadou y sonrió.
Dadou era su mejor amiga, de esas a las que les cuentas tus intimidades esperando que cuenten nada, poco, y, en el caso de Dadou, lo menos posible. Dadou era un angelito regordete, de piel blanca, ojos claros, almendrados y vivarachos. Allá por donde iba, Dadou era simplemente Dadou: la solitaria; la antiuniversidades, antipadres, y la antisocial de turno cuando le cuadraba. 27 años. Trabajos varios y novios variados y exclusivos. Una linda putita pin-up; así solían describirla los tíos.
Dadou se sentó frente a Bruno, que estaba de espaldas. Ahora lo tenía de frente y de frente le pareció tan corriente como de costumbre.
A,B, C, D
el CD quedó insertado en la ranura. El coche, aparcado cerca de la acera, arrancó y se perdió entre el tráfico denso.
-¿Ese no es Dani?- preguntó Dadou-. Dani, tu ex. No te veía contar letras en voz alta desde...
-Sí, desde. Estoy aprendiendo a usar la moto. No creo que me convine con la boina, ni con las botas altas.
-Te combina- dijo Bruno- Lo que no te va es salir con un tipo como ese. Lo último que he oído: va el segundo coche de papá.
-¿Es que también lo ha jodido?
-Del todo. Ese tipo no aprende, ricura. Nos vemos esta noche en el concierto.
Se aleja sin despedirse.
Un hombre trajeado, acompañado por un dálmata, que no deja de tirar de la correa hasta el borde de la asfixia, se cruza con Bruno justo antes de sobrepasar la pequeña verja que circunvalaba el exótico café. El perro se empeña en mear en una de las macetas, entre sus flores hermosas y coloridas.
-¿Y ahora qué?
-Ahora nos vamos a dar una vuelta en la moto. Yo conduzco.
'Míralo, ahí está otra vez.
La pelirroja tuerce la cara hacia otra parte. El tipo del perro se acerca por la derecha. Dani lleva un casco en la mano y saluda, con esa sonrisa de anuncio en la piel pálida.
-Hola, Mar Rojo. Esto es tuyo. Esto y todo lo que queda en mi casa. Te llevo lo demás mañana- le tiende el caso de la Harley y Marisa ni se inmuta.
-Ni te molestes, capullo. Hola, Charlie. Te veo entrenando al perro o tendremos un disgusto con el dueño de las macetas. Me marcho, princesa- dice la chica, inclinándose para besar a la pelirroja en la mejilla.
Charlie ya le ha plantado un beso en los morros antes de alejarse. El dálmata sigue intentando mearse en las macetas sin éxito y Dani insiste en quedarse. Se acopla en el asiento, delante de Marisa; Mar Rojo.
Mar Rojo ya no está nada confundida. Sólo le aturde el hecho de quedarse con algo que no le pertenece y que no ha pedido. El lindo café está a rebosar. La camarera portorriqueña y el camarero de traje desaliñado y sonrisa etrusca, se pierden entre el gentío. Dos niños corretean entre las fuentes y los jarrones incrustados en el suelo de gravilla del jardín tailandés. El resto del establecimiento tiene ese aire francés decadente y perfecto, elegante y sublime. Los restantes 15 minutos, Marisa se dedica a mirar el reloj y escuchar las perífrasis de Dani.
-Deja las tonterías. No pienso, no vuelvo y no escucho, que te quede claro.- Marisa recoje su bolso de rafia del suelo, apresa el asa en la mano y se despide con un beso; el casco se queda sobre la mesa del café, y el tío, de unos 28 años, ojos oscuros, ancho, algo gordo , rico e inteligente, sigue a Mar con la mirada.
Unas horas más tarde, en el concierto de jazz, Marisa es todo dulzura. Bruno se duerme en media hora y recibe uno de esos codazos que te despiertan del todo con un dolor lacerante en las costillas.
-Joder, Marisa, déjame dormir. No he pegado ojo. La profesora de inglés es lo más cabrón, y mañana tengo un examen.
-Para eso no vengas- protesta Marisa. La falda del vestido azul celeste le cubre las piernas hasta las rodillas, las pulseras de los zapatos negros se ciñen a sus tobillos; el pelo liso recogido en una coleta sobre la nuca.
Puede sentir la respiración de Daniel a su espalda; una noche similar. Una que terminó con el coche destrozado en la carretera, las dos vértebras de Mar Rojo rotas y muchos meses de rehabilitación en un hospital de los caros, con todas y cada una de las costosas facturas a cargo de la familia de su novio, con el que está a punto de casarse en breve y con el que rompe el compromiso en cuanto se entera de que las posibilidades de que vuelva a caminar son nulas. Desde entonces Mar Gris y Mar Azul, no dejan de luchar por encontrar a Mar Rojo. Red.
Puede sentir la respiración de Daniel a su espalda; una noche similar. Una que terminó con el coche destrozado en la carretera, las dos vértebras de Mar Rojo rotas y muchos meses de rehabilitación en un hospital de los caros, con todas y cada una de las costosas facturas a cargo de la familia de su novio, con el que está a punto de casarse en breve y con el que rompe el compromiso en cuanto se entera de que las posibilidades de que vuelva a caminar son nulas. Desde entonces Mar Gris y Mar Azul, no dejan de luchar por encontrar a Mar Rojo. Red.
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