jueves, 31 de mayo de 2012
Ann(2)
Ann es un lugar en el que no espero despertarme. Papá dice que los entes extraños existen y los universos concatenados. Los dibuja sin cesar. Yo, en la monotonía teñida de rosa de mis días, los previos a mi viaje, me contento con tener pausada la respiración, que no se me alborote la sangre al ver el cuadro en la pared y el último desgajado pedazo de aire intralveolar se vaya fuera, junto con las ganas tremendas que tengo de llegar a la puerta de embarque y poner los pies en Egipto (soy bastante buena desenterrando cadáveres, momias, antigüedades diversas y entes inmateriales).
Las azafatas son un encanto, la comida un asco y la bebida una auténtica y ergonómica sustracción de pensamientos: mi pánico a volar se ha ido transustancialmente hasta el señor del lado de la ventanilla; al señor del lado de la ventanilla no le ha gustado el ataque de pánico y sí muy mucho el ansiolítico sublingual y pequeñito. El avión es un boening de Iberia descomunal, los asientos de diseño surrealista etiquetados por un diseñador que no conozco de nada. Si Nefertari levantara la cabeza se moría otra vez. ¿Dónde estará la
novia cadáver?
-¿Le sirvo algo?
-Berenjenas en salsa Atuolleiou.
(Esto es lo que me imagino cuando pienso en todo el calor que se me incrusta por debajo de la ropa y el pesado de mi padre intentando que saque algo más que cuadros color rosa. Soy pija, chic, defensora del gris en la ropa de cama, odio a los tipos pesados que no dejan de acribillarme a preguntas porque soy pelirroja, cuarentañera y atractiva.) De personaje en personaje, lo único que saco en limpio, es un generoso dolor de cabeza y la figura troquelada en mis retinas del busto de la señora del asiento 16b ventanilla-pasillo-ventanilla de perfil occidental y hiératico. Si se trata de dejar mi portátil y el maravilloso artículo sobre la condensación de partículas de polen milenario en los subterfugios de los enterramientos Sirios, me lo pienso dos veces para ir al lavabo. Mira que me cuesta levantarme. Y, digo yo, rocambolescas historias a parte, alguien podría haberme dicho que el avión no hace trasbordo, la cantidad de horas que voy a tirarme entre pecho y espalda con mi sahariana, mi cámara, y mi equipaje de mano en la barriguita del avión, porque, en mi tozuda lucidez mental, se me acurrido llevarme a mi perro ladera abajo desde mi casa, coche, aeropuerto, beso de papá en la mejilla, sustracción del bicho, con la antirrábica, la anti-animales, anticuerpos neutralizantes por debajo del 0,5, peso de la cámara, la bolsa, cinta registradora, escáner corporal, alusiones y mi propio desparpajo para moverme por el inmenso habitáculo, entre sus tiendas, personas, dependientes, asistentes... Creo que me quedo sin respiración. Una ataque de ansiedad de los gordos sin previo aviso. Y, en esos momentos, sin saber porqué me viene a las mientes la imagen de mi hermano, mi sobrina, que es un encanto, y el loro suizo que se trajo desde Estambul. En cuanto aterrice, me encaramo a un vehículo y de camino al hotel para embadurnarme de barro hasta las orejas, que luego tengo que pasarme tres meses vislumbrando a 40 grados los nichos fúnebres que hay camino de unas cuantas leguas bajo tierra.
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