viernes, 25 de mayo de 2012



Eran pocas las cosas que se le escapaban. El cielo ceniciento le sugirió revisar el cenicero. Callarse y estrenar el nuevo maletero.



Los coches pasaban, en un intento por monitorizar los destrozos. El monitor del hospital le recordaba vagamente a los aullidos de su perra. ¿Cuántas ideas disformes pueden salir de la cabeza? Muchas. Muchas y un montón, y un montón eran muchas. No sabía que le quedaba poco. Si lo hubiese sabido no recordaría a Lena, a Raúl, ni a Meredith. Si lo hubiese sabido... Si hubiese sabido que el miedo te deja paralizado de cintura para abajo. Quería sentir ese calor que formaba parte de todo y estaba en todo. Olvidar. Dejar de sentir eso. Pensó en la mesa. La observó detenidamente. Todas las mesas son iguales -obviamente- todas con cuatro patas, con un tablero y una forma similar. Todas las mesas son iguales. No todas las que son iguales son mesas. Una gota cayó dentro del tubito transparente. La vió descender por el tubito, el tubito de un boli bic; la vio descender y desaparecer dentro de la aguja; detenerse en la bolita rotante y escribir.

Pensaba cerrar el libro, acotar los acontecimientos y desplazarse en la cama: necesitó la ayuda de la enfermera. Del timbre; y una buena dosis de calmantes. Glup, glup... bajando por la vena y tragándose las gotas, en un intervalo perfecto de 666 centésimas. Buscó con la mano el interruptor, descendió por la cama, demasiado alta, demasiado inclinada; descendió sobre la sábana y se detuvo al llegar al final de la almohada. Su cabeza quedó suspendida en un giro grotesco. Se le cayó la baba y bostezó. Comprobó que tenía arritmias y que se le secaba la boca. María, la de la bata blanca y la sonrisa, la de los ojos sonrientes, la enfermera amable, en contraste con la desagradable, fea, estúpida y gorda, le anunció una visita. En la habitación del hospital aparecieron unas seis personas, conocidas, bastante amables y lo suficientemente convenientes. La tarta con sus velas y unos cuantos globos de helio en colores diversos. No entendía que le había pasado algo distinto, distinto a salir por la noche y dejarse caer sobre los asientos del bar de la esquina. Distinto a todos los días distintos.

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