La prima Marta se aproximó por la
derecha, Jorge, ¨Pablo y Su se mantenían a una distancia preferente
de la cama de su palanca del monitor de constantes, con bip----bip,
del perchero con la bolsa que se acababa de cargar Marta de un
puntapié. La intravenosa quedo colgando de la vía, con su peculiar
modus operandi; y sonó el timbre de la cebolleta.
-Perdón- dijo Marta.
-Lo dices y lo corroboró. ¿Qué tal
los exámenes, lumbreras?- Echó un vistazo a su alrededor, a todo lo
que se movía y podía indicarle que no estaba solo en la
habitación, pese a que los calmantes y las demás conjugaciones
aleatorias de calmantes de la bolsa del perchero le convencían,
desde la complicidad de las sanas drogas hospitalarias, de que estaba
casi por completo solo.-Los globos sobraban y los payasos.
-Pero si no hay payasos, tío. Tú
deliras.
- Los payasos sois vosotros-. La
enfermera recolocó la vía con su tubito blandito y su goteo.-Nada que objetar. Conocemos el resultado del máster.
-¿Y bien?
-Y bien... Que estarías en Tokyo con la empresa minera si no fuese por tu porcentaje de alcohol en sangre.
-Que te den. Empiezo la rehabilitación el martes, en cuanto me desenchufen.
El aire de la estancia estaba cargante.
Raúl imaginó que las paredes amarillas podrían derretirse y fluir.
Vio una gota de sangre sobre la sábana, justo derca de su barbilla,
unos centímetros por encima del cobertor.
-Aún así no creo que debas darte
por vencido. Son seis meses- dijo Marta.
Marta estaba en el otro lado de la
cama, de pie. Marcos se había acoplado en la butaca azul marino de
polipiel. Su se sentó en el borde de la cama con mucho cuidado. Raúl
se preguntó dónde estaba el sexto visitante. De pronto, lo olvidó
todo y tuvieron que recordarle cuántos, cómo y por qué eran los
jodidos globos, blancos y rojos y en tecnicolor. El televisor
comenzó a parpadear y se apagó.
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