miércoles, 7 de noviembre de 2012

Brujas




Entendió que todas las cosas eran un libro cerrado; viejo, feo y sucio. Rock Rose estaba enfadada. Sentada sobre la roca fría de un amanecer azul y rosa desvaído. El elfo se sentó junto a la ninfa y contemplaron el camino de los sauces. Fríos. Los edificios eran fríos tras su cristal; largiruchos los sombreros y los edificios.

Rose sonrió a la chimenea, dejó escapar una nube de humo de entre los labios apagados y se sentó. La manta era de pelo. El sofá era de ese capitoné demodé que se había puesto de moda como la palabra había caído en desuso. Damián daba vueltas a la mesa; se le enroscó el rabo. Rose desenredó los flecos de pelo de los cables de la lámpara de pie grande. Ernesto y Clara esperaban en la puerta a que sonara el timbre. Ding - Dong. Un ladrido. La puerta abierta de para en par. Un apartamento inmenso en uno de los mejores bosques de edificios de New York City. Para entonces los flases la habían a turdido lo suficiente. El elfo proyectó su sombra sobre uno de los sauces, la sombra jugueteó con la hierba. Rock y Hamilton volvieron a casa, a la casa del río.

- ¿Esta es la historia?- preguntó Ernst. Clara estaba confundida.
-Bueno. Lo es y no lo es- explicó Rose-. Es una de ellas. No confundas los deseos con la realidad.¿Queréis beber algo? Tengo cerveza en el congelador. La boca se plegó iluminando la cara pálida y gomosa. Los dientes eran blancos.

- ¿Vas a contarnos el secreto, Rock Rose?
'No es buen momento', contestó. `Demasiados viajes, cambios de residencia y de hogar. La casita de muñecas está abandonada y esa tipa sigue recortándole las uñas.


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