lunes, 3 de diciembre de 2012

aqua


Un viento frío se le coló en el alma, se le ajustó en el pelo, se llevó su paraguas y derribó a una gaviota.

El mar estaba embravecido, y el marinero, asustado, dejó de remar. En la soledad de la inmensidad del basto océano, la sirena apareció ante sus ojos como un mascarón de proa. ¿Una visión? ¿Qué era aquello, que sus ojos veían? La sirena se deshizo en el agua, detrás de unha roca. ¿Una mujer? Pensó que lo era y remó con fuerza para volver a casa.

La mujer del paraguas rojo volador se caló la capucha y siguió su paseo, erguida y amable, sonriente y sola. Pocos quedaban ya en el pueblo misterioso de oleaje inmenso, de inmenso mar de terciopelo verde.

El niño tiró el juguete al suelo y saltó en un charco. Un grupo de chicos pasó a la carrera frente a la mujer del sombrero. ¿Era bruja?, alguien pregunto.
-Es una historia muy vieja, tan vieja como los grimorios.

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