La
ventana estaba abierta y sus ojos cerrados de par en par. Las ramas
golpeando en los cristales. Un estallido tras otro, un gemido, un
quejido, un crujido imperceptible entre el viento y el amasijo de
hojas arremolinadas a los pies de la casa. El niño se había
dormido. La jaula de los pájaros no cantaba. El agua goteaba del
grifo del baño. Bajó los escalones, hundida en la bata marrón.
Sus pies obviaron un trozo de cristal roto al entrar en la cocina,
se perdieron, uno por uno, en las baldosas amarillas, en el olor del
café que surgía de la alacena, la mano brotando del bolsillo para
coger el paquete cerrado con una pinza de plástico naranja para
bolsas. Un coche pasó rozando los setos que bordeaban el sendero,
se adentró con una maniobra inesperada y quedó insertado entre los
árboles y el césped, a medio camino de destrozar los
parterres y las petunias que se había comido el perro. El lactante
aulló en la cama; los ojos aguamarina de Ana observaron al hombre
cruzar la puerta con el arma en la mano derecha, vio su cara
macilenta, la expresión de sus cuencas vacías y grises, los pelos
crespos y revueltos sobre la redondeada cabeza. Lo siguió hasta el
piso de arriba y escuchó un disparo, uno solo. Un único y denso
estallido sobre los cristales rotos en el suelo de la cocina.
Esquivó los trozos, contó los cuadrados hasta la salida. Se golpeó
un pie desnudo contra el mueble de la cocina y lo apartó de un
puntapié. Justo en ese instante sonó una campanilla y dejó de
oír el sonido de los relojes al golpear contra la ventana. El
relojero le había dicho que no tocara las manecillas, pero Ana
nunca había creído que pudiera desestructurarse el tiempo.
Días atrás había visitado la Ciudad Blanca, una ciudad futurista, domótica y perfecta, con sus reglas perfectas, anclada perpetuamente en la cuarta dimensión. Había previsto las consecuencias, creía. Un reloj de los otros servía para medir, pero Ana no quería un reloj de los otros, de modo que consiguió un visado, uno de los caros, de los que le hacen a uno hipotecar la casa, los niños, la ropa del armario y hasta la mascota del vecino.
La
Ciudad Blanca estaba a tres mil kilómetros de su casa: la casa con
jardín, con perro, con césped y setos; la casa con un hijo muerto,
con un silencio perpetuo y un asesino perfecto. Ana estaba dispuesta
a conseguir cambiar las cosas como fuera. Sus pasos vacilaron al
entrar en la ciudad: le asustaron los sonidos, unos silbidos casi
imperceptibles que surgían de la fábrica de relojes. El relojero
tenía fama de ser un hombre arisco y perverso, nada de esto le
pareció a Ana cuando cruzó las puertas del edificio blanco y el
hombre le estrechó la mano con suavidad. Su sonrisa era como el
resplandor de la mañana y sus ojos brillaban como estrellas, de
pura bondad. La acompañó hasta una habitación al
fondo de un largo pasillo. Ana permanecía deslumbrada por la
blancura; su mente apenas podía reconocer el pasado, ese que la
torturaba en silencio día tras día. Casi había olvidado todo,
cuando el hombre alto y delgado le sorprendió con una sonrisa y una
flor extraña brotando sobre su ceja, al mirar atrás.
-Uno
de tus recuerdos- dijo, caminando hasta el último cuarto de la casa
cuadrada-.Uno oscuro; y, si no dejas de pensar, me brotaran más.
¿No vienes a por tu reloj?
-Sí,
claro-protestó Ana-, pero yo no tengo la culpa de que
-¡Silencio!
Limítate a no pensar. La puerta para salir de aquí está mucho
más cerca que la puerta para entrar.
-
Entiendo- contestó la mujer.
-Mente
en blanco. Respira ahora.
'De
todos modos... Yo no te daría un reloj que no necesitas.
-¡Oh,
claro que lo necesito! Lo necesito- dijo con ansiedad-. ¿Cuándo
llegaremos... ? Si la habitación parece estar cerca. ¿Cuándo
llegaremos?
-Veo
que lo tuyo no es la paciencia. Sé paciente y llegaremos antes.
Ana pensó que el relojero estaba loco. Ana pensó tantas cosas que tardaron en llegar una eternidad. Y, cuando llegaron, Ana no se conformó con llegar: Le pareció la habitación su casa, la casa del relojero, la suya, e, impaciente, buscó con la vista un reloj en las paredes desnudas.
-Si sigues caminando, sólo encontrarás una casa vacía. Las decepciones no existen, sobre todo cuando no estás dispuesto a compartir. ¿Sientes calor aquí?
El hombre de blanco posó la mano en su pecho, sobre su corazón, el corazón rosa y lleno de amor.
-Ridículo, es ridículo. Tú sabes lo que tienes que hacer y es tu decisión. Dame la bala. La bala de plata.
Ana abrió la mano apretada y dejó caer el proyectil, liso y brillante. No le gustaban las órdenes y, después de todo, el guardián de la puerta le había advertido de que no debía recibirlas. Su vida no podía girar en torno a sentimientos ajenos y los demás no podían pensar eternamente que ella se daría la vuelta con cada respiración. Comenzó a reír y el aire se dispersó en partículas, descomponiendo la luz. La electricidad la envolvió: las vueltas no eran las suyas, pero era la única que podía parar. Y lo hizo: Quieta. La cuerda metálica estaba en su sitio. La piel blanca de la mujer escurría rojo, y la rosa extraña se enterró en su boca y se convirtió en sangre. ¿Quién es ella?- preguntó Argentea.
-Ella... ¿Quién es ella?- El relojero se quedó pensativo, con las manos lacias frente a la mesa, con el reloj a medio terminar importunándolo muy cerca.- Ella no es nadie, nadie más que tú, quiero decir.
Argentus no se sintió muy cómoda con la respuesta. Retrocedió, miró a la mujer extraña y se encogió en un rincón. El relojero desapareció entre una nube de luz y de polvo; el relojero desapareció tras la mujer de la rosa de sangre y la cara entumecida, y todo lo demás reapareció en cuestión de segundos: la casa, sus escaleras, sus sonidos, sus flores, sus plantas y todas sus rosas verdaderas. Hasta aquí, puedo comprender que Ana no era las demás: era todas, era el alambre, era el equilibrio, era la armonía..., aunque Ana, Ana Argentea, no era, en realidad, ninguna de todas estas cosas; sólo era. Es cierto que le intrigaba saber dónde se había marchado el relojero, dónde estaba la mujer de la mueca pintada, de los ojos sangrantes. Historias del pasado y en el pasado deben quedarse. Pienso que, tal vez, en el instante en que quieras descubrir quién es la verdadera Ana, querido lector, descubras que la verdadera Ana es un producto de tu imaginación y que, después de todo, las historias empiezan y terminan con un final inesperado, que no desvela los misterios, que deja que seas tú quien los termine. Ana Argentea es una persona real y como tal no necesita ser explicada, pero, si quieres, te desvelaré pronto todos los misterios de las otras damas y de cómo Ana regresó a casa, y dónde, finalmente, puedes encontrar al relojero.
[PRIMER FIN]
Ana pensó que el relojero estaba loco. Ana pensó tantas cosas que tardaron en llegar una eternidad. Y, cuando llegaron, Ana no se conformó con llegar: Le pareció la habitación su casa, la casa del relojero, la suya, e, impaciente, buscó con la vista un reloj en las paredes desnudas.
-No
es lo que esperabas, pero es -dijo el relojero cerca de la entrada
sin puerta.
-Pero yo esperaba...
-No sabes nada y nada debes saber sobre el tiempo, excepto que el tiempo no existe -dijo el relojero.
-Y, si no existe, dime para qué fabricas relojes. -El rostro de Ana se iluminó con una sonrisa perversa y los ojos brillaron con curiosidad.
-Sólo porque tú los necesitas.
-¿Yo?- Ana se sorprendió, abrió desmesuradamente los ojos y se revolvió sobre la silla.- ¿Por qué todo es tan inmensamente blanco?
El relojero estaba ahora al otro lado, ya no estaba cerca de Ana, y Ana se sintió confusa y giró el torso en dirección de la voz. No recuerdo cómo iba vestida, pero recuerdo que Ana quería cambiar cosas, Ana siempre quería cambiar. Y, cuando Ana quería cambiar, las cosas cambiaban con Ana. El relojero se tiñó de azul, la habitación se tiñó de rosa, y el cabello de Ana se parecía a una aurora, resplandeciente, dorada, rosada y etérea.
-¡Deja de hacer eso!- protestó el relojero.
-¿Hacer qué?- rió Ana.
-Pero yo esperaba...
-No sabes nada y nada debes saber sobre el tiempo, excepto que el tiempo no existe -dijo el relojero.
-Y, si no existe, dime para qué fabricas relojes. -El rostro de Ana se iluminó con una sonrisa perversa y los ojos brillaron con curiosidad.
-Sólo porque tú los necesitas.
-¿Yo?- Ana se sorprendió, abrió desmesuradamente los ojos y se revolvió sobre la silla.- ¿Por qué todo es tan inmensamente blanco?
El relojero estaba ahora al otro lado, ya no estaba cerca de Ana, y Ana se sintió confusa y giró el torso en dirección de la voz. No recuerdo cómo iba vestida, pero recuerdo que Ana quería cambiar cosas, Ana siempre quería cambiar. Y, cuando Ana quería cambiar, las cosas cambiaban con Ana. El relojero se tiñó de azul, la habitación se tiñó de rosa, y el cabello de Ana se parecía a una aurora, resplandeciente, dorada, rosada y etérea.
-¡Deja de hacer eso!- protestó el relojero.
-¿Hacer qué?- rió Ana.
-Cambiar
las cosas. Deja de cambiar las cosas, Ana.
Los objetos volvieron a ser blancos y Ana se percató de que el blanco contenía todos los colores, pero Ana quería separlos y verlos porque estaba triste.
-Tu reloj. Llévatelo a casa y vuelve cuando comprendas que no tienes que cambiar nada.
Salió sola y pensó que el relojero estaba enfadado, pero en realidad era ella la que estaba enfadada, era ella la que llevaba un reloj en la mano, era ella la que no podía vivir sin ese reloj inservible, pero no podía comprender porqué no lo necesitaba. Nadie quiere abrir la caja, nadie quiere, y la curiosidad dejó de hacer de las suyas... Salió la mujer sin el hombre de blanco, sin respuestas y con el corazón tan puro como el agua. Y, al salir , pensó cuan diferente era todo, lo rápido que olvidaba la imagen del hombre y el color de las paredes.La advertencia resonaba en su cabeza. Pensó que en realidad no necesitaba el reloj, pero estaba decidida a cambiar las cosas, a cambiar el pasado, a cambiar, a cambiar perpetuamente todas las veces que fuera necesario. Quizás no era lo suficientemente lista, o lo suficientemente valiente. Puede que, de regreso a la casa vacía, se fuese sintiendo más y más sola, más y más pequeña e insignificante. Puede que sintiese que era culpa suya, despertarse y desear que el relojero estuviese allí, en su cama, sonriendo, con su abrazo cálido, dejando caer las lágrimas como cuentas de cristal que sirven para algo; diamantes, perlas de lluvia, esperanza, amor o algo similar; lo que hacía siglos había olvidado, después de darle tantas vueltas a las manecillas del reloj y no encontrar nada; sólo giros en el tiempo y un extraña y dolorosa sensación en la cabeza de estar extraviada, sola y resentida. Sabía que cuando esto sucedía, nadie conseguía pararlo. Hacía mucho que no se sentía bien, las noches pasaban en vela, las luces de la calle y los coches silenciosos no la dejaban dormir. Repetía una y otra vez los mismos movimientos. Su hijo seguía muerto, y el hombre volvía una y otra vez para matar lo que más quería. En realidad, lo que más quería Ana era el silencio, la tranquilidad, que lo que hacía no le costase tanto esfuerzo, porque las cicatrices que quedaban no paraban de doler y el sonido del reloj le martilleaba en la cabeza, al amanecer, repitiéndole siempre que estaba sola, que los viajes, todos los que había hecho, no servían para nada. Decidió, una mañana, que la única puerta posible era volver por el mismo camino, pero se le hacía tan difícil confiar, ver con claridad, tanto que casi no podía respirar; y, aunque era consciente de que ella era la responsable, no dejaba de culpar al relojero, ese que la conocía desde siempre, lo suficiente para saber que se perdería de regreso a la Ciudad Blanca. Concluyó en cerrar la casa, en girar la llave, en regresar sobre sus pasos y dejar de culpar a los vacíos, a los silencios, a todos los demás problemas que sólo existían en el recuerdo que su mente recreaba en esas ocasiones repetidas. Encendió el motor del coche, cubrió sus ojos con las gafas de sol y comprendió, por una vez en su vida, que se debía todo el tiempo, todo el dolor por olvidar, que ya estaba lejano. Tiró el reloj por la ventanilla. No sabía cómo le explicaría al relojero que tenía un reloj menos, el caso es que se dio cuenta de que le importaba un carajo el puto reloj de mierda. El problema era que, cuando a Ana le molestaban las cosas, Ana molestaba a las cosas. El problema eran los miserables obstáculos, las ratas que proliferaban a medida que abandonaba la seguridad de su casa, los cantos de los pájaros en sus jaulas, el reloj escurrido, entumecido, silenciado por las ruedas del coche plateado. ¿Tienes hojas en blanco, hojas? Tienes tu mente y la soledad de la carretera hasta la Ciudad Blanca. ¿No encuentras la Ciudad Blanca? Ya no es importante, porque el relojero se ha ido con la Ciudad Blanca. La que está en la cuarta dimensión. Y ¿sabes qué?, en la carretera, en el camino que te lleva hacia un nuevo horizonte no estás sola. ¿Ana? ¿Ana Argentea? Escuchas los gritos y los dejas pasar, los retuerces y los mutilas, porque nadie lo hace fácil, y cerrar tantas puertas es insufrible. Ábrelas, Ana Argentus, ábrelas todas y deja que tus caminos sean infinitos.
Los objetos volvieron a ser blancos y Ana se percató de que el blanco contenía todos los colores, pero Ana quería separlos y verlos porque estaba triste.
-Tu reloj. Llévatelo a casa y vuelve cuando comprendas que no tienes que cambiar nada.
Salió sola y pensó que el relojero estaba enfadado, pero en realidad era ella la que estaba enfadada, era ella la que llevaba un reloj en la mano, era ella la que no podía vivir sin ese reloj inservible, pero no podía comprender porqué no lo necesitaba. Nadie quiere abrir la caja, nadie quiere, y la curiosidad dejó de hacer de las suyas... Salió la mujer sin el hombre de blanco, sin respuestas y con el corazón tan puro como el agua. Y, al salir , pensó cuan diferente era todo, lo rápido que olvidaba la imagen del hombre y el color de las paredes.La advertencia resonaba en su cabeza. Pensó que en realidad no necesitaba el reloj, pero estaba decidida a cambiar las cosas, a cambiar el pasado, a cambiar, a cambiar perpetuamente todas las veces que fuera necesario. Quizás no era lo suficientemente lista, o lo suficientemente valiente. Puede que, de regreso a la casa vacía, se fuese sintiendo más y más sola, más y más pequeña e insignificante. Puede que sintiese que era culpa suya, despertarse y desear que el relojero estuviese allí, en su cama, sonriendo, con su abrazo cálido, dejando caer las lágrimas como cuentas de cristal que sirven para algo; diamantes, perlas de lluvia, esperanza, amor o algo similar; lo que hacía siglos había olvidado, después de darle tantas vueltas a las manecillas del reloj y no encontrar nada; sólo giros en el tiempo y un extraña y dolorosa sensación en la cabeza de estar extraviada, sola y resentida. Sabía que cuando esto sucedía, nadie conseguía pararlo. Hacía mucho que no se sentía bien, las noches pasaban en vela, las luces de la calle y los coches silenciosos no la dejaban dormir. Repetía una y otra vez los mismos movimientos. Su hijo seguía muerto, y el hombre volvía una y otra vez para matar lo que más quería. En realidad, lo que más quería Ana era el silencio, la tranquilidad, que lo que hacía no le costase tanto esfuerzo, porque las cicatrices que quedaban no paraban de doler y el sonido del reloj le martilleaba en la cabeza, al amanecer, repitiéndole siempre que estaba sola, que los viajes, todos los que había hecho, no servían para nada. Decidió, una mañana, que la única puerta posible era volver por el mismo camino, pero se le hacía tan difícil confiar, ver con claridad, tanto que casi no podía respirar; y, aunque era consciente de que ella era la responsable, no dejaba de culpar al relojero, ese que la conocía desde siempre, lo suficiente para saber que se perdería de regreso a la Ciudad Blanca. Concluyó en cerrar la casa, en girar la llave, en regresar sobre sus pasos y dejar de culpar a los vacíos, a los silencios, a todos los demás problemas que sólo existían en el recuerdo que su mente recreaba en esas ocasiones repetidas. Encendió el motor del coche, cubrió sus ojos con las gafas de sol y comprendió, por una vez en su vida, que se debía todo el tiempo, todo el dolor por olvidar, que ya estaba lejano. Tiró el reloj por la ventanilla. No sabía cómo le explicaría al relojero que tenía un reloj menos, el caso es que se dio cuenta de que le importaba un carajo el puto reloj de mierda. El problema era que, cuando a Ana le molestaban las cosas, Ana molestaba a las cosas. El problema eran los miserables obstáculos, las ratas que proliferaban a medida que abandonaba la seguridad de su casa, los cantos de los pájaros en sus jaulas, el reloj escurrido, entumecido, silenciado por las ruedas del coche plateado. ¿Tienes hojas en blanco, hojas? Tienes tu mente y la soledad de la carretera hasta la Ciudad Blanca. ¿No encuentras la Ciudad Blanca? Ya no es importante, porque el relojero se ha ido con la Ciudad Blanca. La que está en la cuarta dimensión. Y ¿sabes qué?, en la carretera, en el camino que te lleva hacia un nuevo horizonte no estás sola. ¿Ana? ¿Ana Argentea? Escuchas los gritos y los dejas pasar, los retuerces y los mutilas, porque nadie lo hace fácil, y cerrar tantas puertas es insufrible. Ábrelas, Ana Argentus, ábrelas todas y deja que tus caminos sean infinitos.
-¿Pero
quién eres tú? -preguntaron los ojos aguamarina. Y el reloj le
sonrió dentro de la habitación, se escurrió la sonrisa en la
cara y se desdibujaron los rasgos con la pintura derretida.
La
Ciudad Blanca seguía en el mismo sitio, en el mismo cuadrante
del mundo, WE, girando a la derecha en la séptima con Mortem
Village. Un círculo, un círculo completo, y contemplaba
prácticamente lo mismo. Pensó que no se esforzaba lo
suficiente; pensó y eso era todo.Sentía el frío de la
ausencia, presentía la puerta cerrada, aunque, en realidad, la
encontró abierta: el relojero construía un nuevo reloj y ya no
la recordaba. Levantó la vista de su reloj, de su precioso reloj
nuevo y brillante. ¿Cuántas horas había tardado en
construirlo? ¿Cuántos relojes más? Poco importaba, porque,
aunque le hablase, no le contestaba; nunca más hablaría con
Ana, nunca le diría la verdad. Y ese reloj, uno más, dejó de
ser importante. Sólo importaban las letras, las que la seguían
por la casa blanca, esas que la transformaban en alguien irreal. -Si sigues caminando, sólo encontrarás una casa vacía. Las decepciones no existen, sobre todo cuando no estás dispuesto a compartir. ¿Sientes calor aquí?
El hombre de blanco posó la mano en su pecho, sobre su corazón, el corazón rosa y lleno de amor.
-Ridículo, es ridículo. Tú sabes lo que tienes que hacer y es tu decisión. Dame la bala. La bala de plata.
Ana abrió la mano apretada y dejó caer el proyectil, liso y brillante. No le gustaban las órdenes y, después de todo, el guardián de la puerta le había advertido de que no debía recibirlas. Su vida no podía girar en torno a sentimientos ajenos y los demás no podían pensar eternamente que ella se daría la vuelta con cada respiración. Comenzó a reír y el aire se dispersó en partículas, descomponiendo la luz. La electricidad la envolvió: las vueltas no eran las suyas, pero era la única que podía parar. Y lo hizo: Quieta. La cuerda metálica estaba en su sitio. La piel blanca de la mujer escurría rojo, y la rosa extraña se enterró en su boca y se convirtió en sangre. ¿Quién es ella?- preguntó Argentea.
-Ella... ¿Quién es ella?- El relojero se quedó pensativo, con las manos lacias frente a la mesa, con el reloj a medio terminar importunándolo muy cerca.- Ella no es nadie, nadie más que tú, quiero decir.
Argentus no se sintió muy cómoda con la respuesta. Retrocedió, miró a la mujer extraña y se encogió en un rincón. El relojero desapareció entre una nube de luz y de polvo; el relojero desapareció tras la mujer de la rosa de sangre y la cara entumecida, y todo lo demás reapareció en cuestión de segundos: la casa, sus escaleras, sus sonidos, sus flores, sus plantas y todas sus rosas verdaderas. Hasta aquí, puedo comprender que Ana no era las demás: era todas, era el alambre, era el equilibrio, era la armonía..., aunque Ana, Ana Argentea, no era, en realidad, ninguna de todas estas cosas; sólo era. Es cierto que le intrigaba saber dónde se había marchado el relojero, dónde estaba la mujer de la mueca pintada, de los ojos sangrantes. Historias del pasado y en el pasado deben quedarse. Pienso que, tal vez, en el instante en que quieras descubrir quién es la verdadera Ana, querido lector, descubras que la verdadera Ana es un producto de tu imaginación y que, después de todo, las historias empiezan y terminan con un final inesperado, que no desvela los misterios, que deja que seas tú quien los termine. Ana Argentea es una persona real y como tal no necesita ser explicada, pero, si quieres, te desvelaré pronto todos los misterios de las otras damas y de cómo Ana regresó a casa, y dónde, finalmente, puedes encontrar al relojero.
[PRIMER FIN]
La
infame Ciudad Blanca se levantó entonces. Un mausoleo no le
hubiese producido peor malestar. Nada, absolutamente nada de lo
que dejó atrás le había servido. Pensó en cuantos secretos
quedaban e intentó contarlos en el blanco del techo, con los
ojos abiertos, boca arriba, tendida en la cama, arropada por las
sábanas y la funda nórdica, bien temprano en la mañana. Hay
asuntos que quedan lejos y asuntos que son despertados. Hay
asuntos de todas clases sin duda. Se aseó deprisa y llegó a l
instituto demasiado rápido entre los coches. Dejó la carpeta.
Se presentó a la clase. La Ciudad Blanca resultó un lugar fácil
en el que vivir , pese a que en él se habían condenssado tantos
secretos que Marta palidecía al pensar que tendría que buscar
cada uno de ellos, y no sabía si tendría ayuda. Miró al fondo
de la clase. Un chico de quince años la miraba con insistencia.
Los chicos dijeron sus nombres en voz alta. Conectó el
computador a la pantalla y empezaron las clases de literatura,
con el temario tan poco definido que cualquiera podía dar su
oopinión y rebuscar en recuerdos propios y ajenos.
Se
encontró con el chico del fondo en la biblioteca, sección d
libros esotéricos de la A a la Z: un largo pasillo y un
entramado de puertas. No todo era blanco, comprendió la
profesora. El ala este y el ala sur, donde estaban los institutos
de ciencias y letras aplicadas tenían un aire antiguo,
destilaban olor a madera, a libros, a aulas de las de siempre (de
no hace mucho), con esa pureza que caracterizaba todo lo que
habían hecho los de la Ciudad Blanca. Marta se quedó pálida.
El chico le había reguntado si quería tomar un café y se
sobresaltó al oír la voz grave. El libro de álgebra casi se
cae de su estante con un maullido. En realidad casi todos los
libros...
-Le
preguntaba si quiere tomar un café. Por aquí suceden eventos
extraños casi todo el tiempo -. El chico perdió la vista en la
estantería superior. Escogió un ejemplar encuadernado en rojo,
se lo llevó bajo el brazo y esperó que la siguiera, supuso,
porque no dijo nada más. No estaban prohibidos esa clase de
comportamientos, era nueva y el muchacho parecía agradable. Le
pareció que tendría algo que contarle sobre aquel lugar
misterioso. El complejo de la Ciudad Blanca, tal y como la había
conocido, estaba cerrado. Desde hacía cinco años.
1 comentario:
...traigo
ecos
de
la
tarde
callada
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...
desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ
COMPARTIENDO ILUSION
RAQUEL
CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...
ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE DJANGO, MASTER AND COMMANDER, LEYENDAS DE PASIÓN, BAILANDO CON LOBOS, THE ARTIST, TITANIC…
José
Ramón...
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