lunes, 2 de mayo de 2011

Cordones grisáceos

Unos cuantos escalones más arriba se encontró con su amigo Pablo. El sol le nublaba la vista, la dirigió hacia las botas militares llenas de polvo.
—A las cuatro.
— ¿A las cuatro qué?
—A las cuatro pensamos quemar la casa de El Latas y a las cinco nos iremos a fumar unos canutos al Campo de los Polvorines. ¿Vienes o no?
María siguió contemplando las botas, se demoró en los cordones grisáceos, en las suelas gastadas...
—No sé, sabes que a mí no me van vuestras tonterías... —tampoco le gustaba ese lugar lleno de condones usados; las botas se movieron hacia la derecha.
—Como quieras.
La dejó sola. María se sentó en el escalón errante, ese en donde siempre terminaba observando al sol alejarse también.

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