jueves, 5 de mayo de 2011

De regreso al Premio Volkswagen

El primer capítulo, tal y como estaba en el saloncito clausurado de Qué Leer. Pinchad en Novelas si queréis conocer un poco más y ver la sinopsis; y que nadie me acuse de plagio por mi sentido homenaje al Caballero de la Triste Figura, tanto el real como el imaginario, que tanto enriquece nuestra literatura, y que, con esta frase, algo distorsionada, da comienzo a mi novela. ;) 



Entre libélulas azules

I

En algún lugar de la mancha (de cuyo nombre no quiero acordarme)*… dejé aparcado mi coche. Mi fuerte no es la memoria y mi precioso Volkswagen Fox amarillo sunflower tardó un rato en aparecer entre el amasijo de coches alineados casi a la perfección en el aparcamiento subterráneo del nuevo centro comercial con 40 salas de cine, ocho en 3D, salas de lectura, salones para dormir, distintos niveles con exposiciones de pintura y arte conceptual, además de millares de otros laberintos incognoscibles y enriquecedores. El susodicho parking, como podéis suponer, era terriblemente monstruoso y, aunque ya había pensado instalarle un ecolocalizador —en ello estaba pensando—, no lo hice, y últimamente hay unos cuantos coches de un color similar y soy un torpe. Dos horas y media después lo encontré sobre la mancha de pintura que algún desgraciado había esparcido en el suelo, arranqué despacio, pero, un momento, aquello no era una mancha de pintura. Los Geos no hubiesen llegado más rápido que la guardia civil y la policía nacional, junto el juez de turno y la forense para el levantamiento del cadáver. Los del CSI de los nuestros tomaron todas las pruebas pertinentes de los restos de sangre y a mí y a mi Sunflower nos alejaron del lugar del estropicio a toda leche hacia la comisaría. Tres horas y media después dieron por concluido el caso del tipo del Volkswagen amarillo y se echaron a dormir sin remordimientos. Yo estaba a salvo por el momento, y regresé a casa a última hora de la mañana, con el maletero cargado de bolsas y la cabeza llena de telarañas. Fiona me esperaba en la cocina.
Abrí una lata y la deposité en su cuenco. Eran las tres de la tarde y decidí hacerme un bocadillo; en un último instante de reflexión, acuciado por las dudas, terminé engullendo a las cuatro una de mis pizzas artesanas, hecha por estas manitas de cocinero que ya las quisiera cualquier cerdo vil de los acompañados por mujer y no por chucha.
Por la tarde tengo una cita de esas rápidas, para singles, en Princenton Town.
Me enamora la camarera y el local, estilo inglés, con un retrato barroco en el techo, de la reina Isabel la que sea, como mofa y befa de una tradición obsoleta y caduca, o como simple guiño a unas mentes lujuriosas, que se plantean juguetear sobre la mesa y disponer a alguno de los dos, o ambos, entre jadeos de circunspecta relajación, a la inefable sensación de contemplar el rostro de la bella dama.

Gatita número 22. Aquí somos gatitos y gatitas. La semana pasada elefantas y elefantes, la anterior, casas y coches; ocurrencias del dueño, que lleva felizmente casado veinte años y se aburre. En mi tarjeta de hoy pone DOG, con letras grandes y rojas; la semana pasada ponía GATITO 33 y me sentía un poco mejor.
La número 22 no me gustó, la de hoy me gusta. No digo lo que pone en su tarjeta, pero podéis imaginar… Está bien… pone BITCH, ni siquiera sé cómo regresan, aunque hoy se han ido más de la mitad. Volverán otro día, cuando se llamen TABLE o CHINCHE o CUP.
Hoy no me ha ido mejor que los demás encuentros de tres minutos exactos de reloj descontador aglutinado a la mesita alta y redonda.
— ¿Qué tal esta?
—Simpática, enrollada como un cable de la luz y más ligera que los caballos de Bonanza —contesto, apoyándome en la barra. Le extiendo la visa para que cobre los pagos atrasados.
In the middle of the day… porque estoy comprometida, que sino me casaba contigo.
—Maravillosa Carolina, cuando conozca al desafortunado pretendiente le entregaré todas las lágrimas que he llorado por él.
—Ya, y que lo digas —dice, regresando su cuerpecito menudo hacia mi persona y dedicándome toda su atención tras servir tres americanos—. Tengo unas ganas de volver a casa. Esto zapatos me matan. Plataforma y diez centímetros de tacón.
— ¿Tanto? No te caigas de las alturas o tendré que llevarte en mi coche a ninguna parte.
—Lárgate, ¿quieres? Y deja de buscar una chica que te quiera; del trabajo al bar, del bar al trabajo, paseítos con la perra….
— ¿Tienes ahí una tarjeta?
El local comienza a llenarse. Me largo con la tarjeta y sus letras de color violeta en un BITCH muy grande y verdaderamente denigrante, o precavidamente hilarante, según se mire.
A cinco manzanas están mi HOUSE y mi CAR y mi BITCH, que me espera para dar su paseo de tarde. Con esta lluvia soy capaz de sacarla a pasear en coche. Y no te creas que no. Todo impermeabilizado: salpicadero, GPS, asientos, gadgets diversos…; la cabeza medio fuera, la lengua también; en un rato bajo las ventanillas y la seco con una toalla antes de que se sacuda. Dos horas entre cerros, caminos, vayas, playas desérticas y grisáceas, amores perrunos a través del cristal, un pis a todo pastilla y de vuelta a ciento veinte por la AP-9.

— ¿Mamá?
— ¿Fernando, hijo, te pasa algo?
— ¿Es que tiene que pasarme algo?
—Siempre llamas los sábados.
—Mamá, es sábado.
—Uy, pues entonces me toca yoga. Ciao, cariño.
Me quedo hablándole al teléfono. Es toda una costumbre invertebrada que la llame dos veces, una para decirme que actividad de las rotativas le toca esa semana y la segunda para tener una conversación en condiciones madre e hijo. No me la salto ni en su aniversario desde que me marché del nido familiar a los veinte, seducido por las promesas de una vida mejor de mi novia de entonces, María. Ahora, por suerte, conservo el trabajo, algunos amigos de mi ciudad de origen, una parte de la herencia de mi abuelo y el pequeño apartamento, legado de mis padres.

Santiago es una ciudad como otra cualquiera, digan lo que digan, salvo por la magia de encontrarte en la mitad de una Edad Media ilusoria y extravagante, peregrinos a troche y moche y una catedral como una catedral con un botafumeiro de bolsillo pendulante. Claro que mi trabajo me impide pensar en penurias, porque lo que estamos atravesando es una etapa de las viles e insurgentes. Hace no mucho me crucé de pleno, en la parte antigua de la villa, con una caterva de caballeros templarios con pintas diversas, portando estandartes, sin caballo y pidiendo justicia. Con letras grandes.

Aparcar por aquí cuesta un cuerno, eso sí, de la abundancia, o de esos que te ponen al salir y que te impiden entrar por las puertas sin golpear el dintel. De ahí que se usen tanto los subterráneos. Si ya me imagino encontrando un dragón y teniendo que sacar la espada que llevo en el asiento trasero, envainada en la funda de carabinero de mi abuelo el alemán.
Aquel día terminé siguiendo la manifestación hasta la plaza de Cervantes y escuchando el mitin acurrucado en una esquina y a pleno sol. Para que digan que no me intereso por nada en absoluto; y es que yo no pertenezco a la generación Ni-ni, ni por incertidumbre, ni por inquietudes, ni por oportunidades. El voluntariado en la guardería me va al pelo, el del comedor social no lo llevo con tanto encanto y jurisprudencia. Mi trabajo no tiene que ver con nada en referencia a niños, dragones o indigentes por la fuerza, porque sí o por un revés de la fortuna. 8:45 y me dirijo a los estudios centrales de radio nacional de España, con mi auto entremetiéndose en las calles, entre los callejones, dejando una estela ecológica de amarillo flor de verano. Agencia Garga Mesdol. Detectives privados. No sabéis la de casos que sigo atendiendo cada día. Lo que peor llevo es todo el papeleo y he decidido contratar una escribiente a la vieja usanza, por el método del enchufe, y mi método del enchufe ha sido subir al segundo piso a esa chica tan maja con su sombrerito al lado y hacerle una entrevista. Ni idea de ofimática, pero es muy diplomática. Si ha conseguido entenderme a las primeras de cambio, se las arregla como yo me llamo Fernando Kopa.
Arturito está apunto de despiltrafarse sobre el sillón después de una jornada maratoniana vigilando la casa de Patricia Jaenares, adolescente fumadora de cannabis, controlada por sus padres por si las moscas y en vía de recuperación.
—Fer. Ni gota. No ha salido de la casa.
—Bien, pues ya sabes, plan B.
— ¿Qué dices, pringao? Ilícito.
—No me vengas con ilegalidades, que la niña se nos queda toda la vida colgada y tenemos una responsabilidad moral.
—Lo que tú digas. Yo me voy a dormir al cuartito, que así no encuentro ni las llaves de la Harley. Desconecto. ¿Quién teclea?
—Luego te la presento.
—Pero si estamos en números rojos.
—Medio rojos —le hago observar mientras le empujo hacia la puerta del cuartito.
—Se te está descascarillando la mente con tanta solidaridad.
—Por lo menos no mato de aburrimiento a mi familia, hombre-ostra.
—Nos vemos las caras, libélula.
Se tira en el catre, cierro la puerta y me despido de Marta.
— ¿Te las arreglas?
—No, pero estoy en ello.
—Perfecto. Vuelvo en cuanto saque a Fiona.
— ¿Y esa es? —Su mirada extraña y perezosa y su sonrisilla me desconcentran. Sigue con los dedos sobre el teclado del ordenador.
—Mi perra.
Vuelvo la cabeza a su sitio tras la jamba y me las piró más deprisa que un gato hambriento.


El día de mi vigésimo octavo cumpleaños me llama la bofia para que colabore porque no tienen ni idea de qué cadáver buscan. Han pasado dos tardes sin tregua investigando a destajo. Lo que no entendemos es: para qué quieren a Garga Mesdol; pero nosotros vamos volando a cualquier parte. Abro la puerta de mi Fox.
—Yo no me subo en nada que tenga nombre de perro y color de limón.
—Que subas, cojones, y deja de quejarte. Te bajan de la moto y te conviertes en el lobo feroz.
—La edad, que no perdona. Joder, no arranques tan deprisa.
—Arrellánate en el asiento, viejecita.
— ¿Y qué se supone que vamos a hacer nosotros? ¿Les has dicho que estamos especializados en seguimiento de menores y amas de casa?
—Dilo así y nos encarcelan por pervertidos y pedófilos. Necesitan a alguien que vigile, ¿y nosotros qué somos?
— ¿Detectives?
—Vigilantes del crimen.
—Ya, y hermanitas de la caridad, que en tu caso no viene a ser mentira.
—Si se puede mejorar el mundo —giro a la izquierda en Gómez con Suárez—para qué estropearlo más. —Pego un frenazo con delicadeza, dejando el coche adherido a la acera—. Baja.
—Pedazo de cuartelillo que se gastan, aquí caben todos los navajeros de mi barrio.
—Deja las tonterías. Compórtate, mete tripa, respira hondo.
—Deja de colocarme el flequillo, coño.
—La moda del flequillo gatuno. Tú sabrás. —Cierro el coche a cal y canto; clip, o clopt, o como sea la onomatopeya, y entramos en la sucursal bancaria de los capos.
—A la derecha, Flequillos.
Dos o tres salas después nos recibe el cordial apretón de manos del subjefe de policía, que el poli bueno está de vacaciones existenciales y lo encontramos todo manga por hombro.
En media hora estamos despachados como la bollería de la pastelería de la esquina.
—Todavía me duele.
— ¿El brazo? El camión te dio hace tres meses.
—No, la dignidad. Nos están pisoteando. Quieren que hagamos el trabajo sucio.
—Si la comisaría va como el culo, déjalo estar.
De camino, atravesamos dos puertas y bajamos los escalones. Arturo termina estrellado contra la pared de enfrente y el veredicto del juez no es otro que tres costillas rotas, la clavícula fuera de su sitio y reposo.
—Tú tranquilo, grandullón, que en cuanto pueda vuelvo.
—No me dejes con estos.
—Ya he llamado a tu madre. Mírala, ahí está.
Cierro la puerta y recorro los pasillos obviando contar la conversación interfilial e
íntima. Me cruzo con un señor de 2 x 2 algo más bajito que su hijo. Nunca le he caído bien, así que un breve ¿hola que tal? es suficiente.


—Esta vez si que aceptas la tarjeta.
— ¿Es que no piensas volver? —dice Carolina con cierto sobresalto; se vuelve para preparar un café.
—Al final terminarás casándote con este lelo. El roce hace el cariño.
—Señor Ramón, usted si que sabe de estas cosas. Su cafecito bien cargado para que tenga contenta a su mujer.
—Carolina, trátame bien… —le canturrea el otro—. Yo sé lo que me digo, pelirroja.
— ¿50 eurazos?
— ¿Qué quieres? Si te pasas la vida consumiendo citas —me sonríe y mira hacia la puerta—. Antes de la boda.
— ¿Antes de la boda qué?
Me giro en el taburete no giratorio con un codo apoyado en la barra. Tenía que haberme imaginado que era un rubiales.
— ¿Y ahora? —dice Ramón—. Carolina, trátame bien…
—Señor Ramón. Hola, cari.
Se besan en los labios y yo miro para otro lado, el señor Ramón se ha embebido en el periódico, o eso parece.
—Este es Fernando. Fer, Gonzalo.
Apretón de manos con espachurramiento de dedos, pese a que es bajito y flaco. Profesor de Tai Chi y maestro en taekwondo.
—Encantado. Si te tiras a mi chica, te rompo las piernas —me sacude en la espalda y se ríe—. Que es broma, pringao; mi Caro es sólo para mí, ¿verdad, bombón? Un placer conocerte. ¿Vendrás a nuestro enlace?
—No creo que pueda estar en el juzgado.
—Tu plato estará en la mesa.
Abro el portón de palacio y me desaparezco en mi caballo de guerra pensando en como esta hoy día la juventud. Yo, que ni loco me caso con treinta, y estos dos enlatándose antes de llegar a los veintitrés. Ya se les ha vuelto a pasar el miedo al bodorrio. Ciclos vitales ininteligibles.


— ¿Qué tal, Marta?
—Mejor. ¿He dejado el cuarto muy revuelto?
—No te preocupes, estoy acostumbrado a Fiona —miro la salita de la entrada, con la mano apoyada en el quicio, y hacia la puerta entreabierta del cuarto—. ¡Joder, coño! Si tenía que verle en el hospital.
— ¿Cómo va la investigación?
—Tú sigue archivando y no te preocupes. Ya te pasaré el sumario. —Me dispongo a salir y vuelvo sobre mis pasos—. Marta —Marta desciende un instante de su nube archivadora—. Llama a Karina.
— ¿La de asuntos sociales?
—Dile que… dile lo que quieras, pero no puedo ir.
—Lárgate, caballero andante, yo lo arreglo.
Le pego un golpecito al marco y me abro, satisfecho con mi nueva secretaria sin titulación y clandestina.

— ¿Has visto? Como cunde.
—Que te den. Prefiero a mi já; con esta ni me la meneo.
—Para mi solito.
Me abstengo de seguir escuchando a los post-adolescente parlanchines y les sobrepaso como un cóndor dejando atrás a la muñequita. Cosas de la edad y cosas que no me corresponden. Los escaparates me devuelven el reflejo de un tío de treinta y tantos, con pintas de comercial de stand, sin su presuntuosa arrogancia y sin un botón en la chaqueta, justo el que no debo abrocharme. Cuando llegue a casa lo coseré, que no es cuestión de poner a Marta en labores de mujer amancebada y desgastar su inteligencia y su talento en tareas maritales. Debo reconocer que en esta ocasión la suerte ha llamado a mi puerta, porque estoy loquito por ella y no tardará en caer, engatusada por el modo en que bajo la tapa del inodoro después de mear y por la sana comida que le pongo todos los días en la mesa, cocinada por uno del equipo de Garga Mesdol. ¿Qué es Garga Mesdol?, el gato de Gargamel y una intoxicación etílica conjuntamente, aunque podría ser el título de un cuento infantil ilustrado.
He ilustrado me he quedado yo con la perorata que me ha largado Vicente Bustillo, el subjefe mandón, que ya me está tirando de un huevo con tanto querer encontrar a la muerta e implicarme, y todo porque el que estaba sobre la mancha era mi Fox amarillo.
—…limón.
—Sunflower. Y si no te importa, tengo mi modo de hacer las cosas. El tipo ese tiene que ver con el asesinato lo que yo mismo.
—Te investigaremos entonces. ¡Purriños! —grita—. Prepare un expediente para el señor Kopa—. Abre un cajón y saca un dossier. Purriños asoma la cabeza por la puerta.
— ¿Para llevar o se lo come en el local?
—Purriños, no me calientes. Lárgate. Con viento fresco.
—Es decir, que me mantengo vigilante en contra de mis principios.
—Eso es.
—Perder el tiempo.
Se levanta, se pasea inquieto por la habitación y mira por la ventana; se quita una mota del uniforme.
—Haga lo que le salga de los huevos, pero encuentre algo o nos ventilan de la nacional y yo le retiro la licencia.
Ni me mira y yo no me molesto en despedirme. El caso entre manos se las trae, porque sólo tenemos la pista de una de las miles de chicas desaparecidas, que ya es algo. Empezando por lo más reciente, el clavo estaba todavía candente, y la chica no era otra que Leticia Botín, la hija de un magnate de una cadena de restaurantes de comida biológica de imparable ascendencia con sede en la China meridional. De tratarse de otra víctima las cosas no se habrían disparado como un proyectil de cañón. A la vuelta tenía en la entrada a unos veinte periodistas y abrirme paso hasta la escalera sin contestar a ninguna pregunta se convirtió en una hazaña digna de Houdini.
Encontré un post-it en el ordenador. Mi secretaria relataba que, debido al acoso de la prensa, y excusándose diciendo que era la de la limpieza, se largó sin dar explicaciones, enfundada en sus vaqueros, con sus zapatillas de deporte y su bicicleta.
— ¿En perfecto estado o te han devorado algún trozo?
Escuché ladrar a Fiona.
—La que está a punto de comerme es tu perra. ¿Dónde has dejado su comida?
—Me temo que en el supermercado. Y…, otro favor, ¿puedes pasar por el comedor social?, necesitarán que les echen una mano y por aquí es mejor que no vengas. Son majos, ya verás. Y, si preguntan, les dices que eres mi chica.
—Sí, claro, mi amo.
— ¿No vas?
—Sí voy, pero ¿en qué me beneficia que crean lo que no es?
—No harán preguntas y no tendrás que contestarlas.
—Oído cocina. No te preocupes. Deja tu vida en mis manos. Quieta, Fiona.
—No contestes al timbre ni al teléfono. Y si quieres saber de qué va el rollo, el mando anda por ahí y saldremos en las noticias.
—Ha llamado Caro. Quiere confirmar tu cubierto.
—Un poco tarde. Dile que estaré allí con acompañante. Me haces el favor, ¿a que si?
—Tú cóbratelas todas, mala persona. Me voy al supermercado y como me ataquen los de la prensa, te enveneno con resveratrol.
—Ya hablaremos, que yo aún tengo que salir.
—Por la ventana, que sólo hay dos pisos, gallina.
—La solución perfecta. Sirve el simulacro de incendios.
—No hagas locuras, ¿vale?
—Hasta luego, bella.


La calle de atrás estaba tranquila, sin periodistas o acosadores similares a los periodistas. Un par de cotillas se asomaron a las ventanas y fruncieron el ceño al verme bajar por la escalera portátil antiincendios ignífuga, y al ser participes de mi osado salto a un par de metros del suelo, y contemplar con parsimonia que no me había roto los tobillos, desaparecieron hacia el interior de sus hogares. Lo que me dolía en el alma era dejar a mi vástago aparcado a merced de cualquiera. Pensé que Marta podría recogerlo y pensé mal, porque, de conducir, ni idea. Después de eso dejó de ser la chica perfecta y se convirtió en la chica de mis sueños para siempre, pese a que mi coche lo tuvo que salvar la grúa, previo soborno a un amiguete, que lo dejó a buen recaudo en la Batcueva. Le debo una cita con Marta, y Marta, que me debe casi su alegría de vivir, me va a quitar la mía, cuando le presente a Gustavo, el pesado, sobón, pulpo de doscientas patas. De camino me paso por una floristería y le compro una rosa amarilla como un sol con lo poco que llevo en el bolsillo; en las que estoy, terminaré por echar mano del fideicomiso de mi abuelo, de mi hucha cerdito y de la pensión infame de mi madre, que es feliz porque la asociación de nuestro pueblo tiene unas implicaciones con el asueto de sus mayores que ya lo quisiera cualquiera: yoga, Pilates, piscina olímpica, cursos de ajedrez, primeros auxilios, excursiones gratis a Cabarceno ida y vuelta sin elefante…

—Hola, mamá.
— ¿Ya es sábado?; me voy corriendo, que el instructor de Pilates no tiene ninguna paciencia.
—Feliz cumpleaños, mamá. Te llamo a las ocho y no olvides llevar algo de comer por si te mareas. —Mi madre es una preciosidad prejubilada y divorciada de 54 años y yo estoy hablando solo—. Abajo, Fiona. Sí, cuando llegue con la comida. No me mires así, no pienso darte la carne del asado. Si no te gusta—. Oigo la puerta. Marta entra en la cocina cargada con bolsas.
—Podías ayudarme, ¿no?
—Sí, claro, perdona. Como pesan. Las dejo en la mesa.
Ya en el salón, y rebuscando hasta debajo de la alfombra, encuentro el mando de la tele. Aparece el edificio de mi oficina y el letrero de Garga Mesdol Detectives adherido a la pared bajo la ventana del segundo piso, enmarcado en negro y con sus letras negras y abultadas parecidas a las Baskerville Old Face de Word en 250000 píxeles.
—Están perturbados. ¿Tú crees que estará muerta?
—Por el tamaño del charco de sangre, diría que sí.
— ¿Y si no lo está, Fernando?
—Lo habitual es que pidan un rescate.
Apagué el televisor y le conté, después de que le diéramos de comer a La Doberman, todos los cambios de planes. Fiona se sentó con nosotros en el sofá en un rato, se acurrucó junto a Marta y apoyó la cabeza sobre sus piernas dobladas.
—Tan pequeñita y tan fiera.
— Pequeñita. Sí, un perro con topos de los pequeñitos.
—Me encantaban los 101 dálmatas.
—Y a mí. A lo que estamos. Tú prometes no matarme. Mañana acompañas a Gustavo a cenar y, si te pone una mano encima, le dices que le parto la boca. El jueves nos vamos de boda y el sábado a celebrar el cumple de mamá.
—De mamá, ni que fuera tu novia.
—Mamá cree que lo eres.
— ¡Por ahí si que no paso! —proclamó, levantándose irritada del sofá. Fiona se quedó sin piernas para apoyar la cabeza.
—No es culpa mía que se hayan liado tanto las cosas. Soy un buen chico. Cuando te de la gana cortamos y ya está.
—Y ya está. —Se puso a dar vueltas por el salón.
—Está bien. A sus órdenes. —Volvió a sentarse. —Pero sólo por todo lo que has hecho por mí y porque no tengo donde caerme muerta.
—Trato hecho.
—Te falta un botón.





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