martes, 15 de noviembre de 2011

Azul de φοίνιξ

En algún lugar de las vastas escaleras vislumbró un punto. Pequeño, incongruente, innecesario. Peldaño a peldaño, el punto se transformó en una mancha, en un dibujo, en una persona, y la persona en una estatua. No encontró sentido a sus formas desdibujadas, al color que teñía el mármol, a la sutil decadencia sorda de los ojos teñidos de azul, uno de esos azules grisáceos y claros, uno de esos azules que recuerdan a un cielo color de cielo desteñido, lavado, ausente de nubes, pletórico de agua y de cemento. En las pupilas de la estatua anidaba un ave, tan extraña como la figura, con su nido repleto de pequeños pájaros que se prendían fuego y renacían sin cesar, a cada momento, intercambiando el color del azul por color de ascuas, de cenizas, de aves
exóticas recreadas en el instante de una mirada taciturna. En vano bajó las escaleras y las volvió a subir, preguntándose, inquiriendo, rebuscando en su memoria el nombre de la estatua, de los pájaros, del viento que se teñía de malva con su respiración. Fue la estatua la que ardió y de un huevo, grande, blanco, perfecto, surgió un ente único, un ente de luz y de diamante, una forma desdibujada en su locura, que ansiaba penetrar en el líquido, arder en el fuego, resurgir de las cenizas. Al final de la escalera, el pájaro yacía muerto, con el plumaje azul, turquesa, de piedra, de mar profundo y estridentemente oscuro, con las plumas sonrojadas por el viento plateado que dejaba a su paso el extraño visitante.

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