La Ciudad Blanca estaba a tres mil kilómetros de su casa: la casa con jardín, con perro, con césped y setos; la casa con un hijo muerto, con un silencio perpetuo y un asesino perfecto. Ana estaba dispuesta a conseguir cambiar las cosas como fuera. Sus pasos vacilaron al entrar en la ciudad: le asustaron los sonidos, unos silbidos casi imperceptibles que surgían de la fábrica de relojes. El relojero tenía fama de ser un hombre arisco y perverso, nada de esto le pareció a Ana cuando cruzó las puertas del edificio blanco y el hombre le estrechó la mano con suavidad. Su sonrisa era como el resplandor de la mañana y sus ojos brillaban como estrellas, de pura bondad. El relojero la acompañó hasta una habitación al fondo de un largo pasillo. Ana permanecía deslumbrada por la blancura; su mente apenas podía reconocer el pasado, ese que la torturaba en silencio día tras día. Casi había olvidado todo, cuando el hombre alto y delgado le sorprendió con una sonrisa y una flor extraña brotando sobre su ceja, al mirar atrás. El relojero siguió caminando.
-Uno de tus recuerdos- dijo el relojero, caminando hasta el último cuarto de la casa cuadrada.-Una oscura; y, si no dejas de pensar, brotaran más. ¿No vienes a por tu reloj?
- Sí, claro-protestó Ana-, pero yo no tengo la culpa de que
-¡Silencio! Limítate a no pensar. La puerta para salir de aquí está mucho más cerca que la puerta para entrar.
- Entiendo- contestó la mujer.
-Mente en blanco. Respira ahora.
'De todos modos... yo no te daría un reloj que no necesitas.
-¡Oh, claro que lo necesito! Lo necesito- dijo con ansiedad-. ¿Cuándo llegaremos... ? Si la habitación parece estar cerca. ¿Cuándo llegaremos?
-Veo que lo tuyo no es la paciencia. Sé paciente y llegaremos antes.
Ana pensó que el relojero estaba loco. Ana pensó tantas cosas que tardaron en llegar una eternidad.
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