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ALEX GROSS |
En el borde de la cama encontró la pistola. No pensaba volarse los sesos, pero sí volárselos a ese estúpido. En el final, cuando el camino se cortaba en una encrucijada y era libre, encontró su foto sobre la colcha. Y ya no conseguía recordar que tenía de especial, que había hecho que sintiese aquel calor recorriendo cada célula de su cuerpo y su cerebro, qué le hacía diferente cuando no lo era. Se sintió decepcionada. Nunca buscaba, encontraba algunas cosas que le servían, como aquella pistola que le habían entregado desde el futuro.
Era un cazador, sí, ella lo sabía, pero no podía pensar, no quería pensar cómo estaba girando, encendiéndose la luz, cómo cambiaba su reflejo en el espejo y ya no era la misma. Vértigo, lo sintió; angustia; pero todo se puede transformar en una eterna decisión, y decidió que los trozos de su cerebro se esparcerían sobre la alfombra, dejando esquirlas de hueso: su cráneo desfragmentado. Decidió que no quería, y era algo que había decidido hacía mucho. ¿Pero cuánto tiempo puedes huir de ti misma, Argentus? ¿Cuánto puedes buscar? En algún momento será el tiempo quien te detenga, pero no tú, tú nunca te detendrás, porque siempre has dicho que sí, y lo harás.
Observó la sangre en la alfombra, los trocitos blancos. El puto jarrón le había cortado las venas al estrellarse contra la pared. Inspiración. Respiración. Pensó cuánto podía hacer y cuánto le quedaba hasta que regresaran a buscarla. Se las habían cosido con hilos de oro, de esos que no te dejan cicatriz, los que no duelen y no dejan un rastro perceptible para nadie.
En la habitación de al lado, el cazador se detuvo; escuchó la respiración de ella a través de la pared, la vió volverse y retorcerse y convertirse en un amasijo de células volubles. El aire estaba viciado. En algún lugar el águila volaba hasta las estrellas, dejando una estela de miríadas de pensamientos que ella recibía sin cesar. Era la misma, la que había trasvasado todas las puertas de su mente, la que le había enseñado que no debía juzgar, la misma siempre. Estaba hasta las pelotas del aire frío. Se coloba por su nariz como un hálito mortuorio; ese planeta le estaba poniendo enfermo: la habitación, el ir y venir de ella; aunque sabía que no se detendría nunca, hasta que él terminase. Aquellas habitaciones eran como jaulas. Ella sabía qué era. Un animal con la llave de su jaula, una extraña criatura, creada de la nada, pero no del vacío. Y él dejó que abriera la puerta de su habitación, la 113, y que le disparara con el arma; y dejar caer el líquido oscuro. Entonces, ¿hasta cuándo la piel fría? En el laberinto, en el laberinto todo era distinto. Los días eran noches y las noches días y la piel se estrellaba contra los cristales; en el laberinto la sangre latía en un millón de formas, todas diferentes; en el laberinto las horas no eran lineales, los cambios eran indistintos y contemplaba sus propias creaciones, porque ella era el laberinto, ella pertenecía al laberinto.
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"¿Quieres venir, le preguntó? ¿Quieres venir conmigo, quieres dejarte caer y guiarme? Déjate caer, deja que suceda, deja que sea de plata, como tus palabras, todas de plata, sin nombre, sin estructura. ¿Dime lo que tengo que hacer?" Eso había sucedido en el pasado, en la línea. En ese plano, era una coincidencia casual. En el laberinto las escaleras subían y bajaban, se bifurcaban, se entrelazaban. "Déjame seguirte. Déjame escuchar tu voz a través de las estrellas". Y la bala de plata atravesó el cerebro.

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