¡Joder, coño! El puto cuchillo. ¿Quién te ha dicho que puedes reconstruirla así?
- Es mi aura, de rojo, la desangro como me da la puta gana.
El hombre herrumbroso la miró con desdén. Nunca había comprendido a su compañera: extraña, rubia, imbécil e hipocondríaca. Desconocía si se trataba de un fallo de fabricación por exceso de silicona, y si, además, el puto casco eléctrico le había jodido todas las neuronas.
- El aura: arréglate antes la puta cabeza.
-Claro, amor.
Betánea se sentó en el sillón principal de la nave, sujetó los mandos y apretó el cuchillo sobre la luz roja, que, a borbotones, empezó a brotar del caso, de los brazos... El hombre robótico giró el rostro para no mirar. Todas esas tipas sintéticas estaban chaladas: Chakras, auras de colores, desangramientos inoportunos...
-Joder, tía, si estamos llegando ya, ¿quieres coger los putos mandos?
-¿Y la órbita? ¿Crees que va a alterarse?
-Si te digo la verdad- dijo el de metal, desde el asiento de al lado-, no sé para qué cojones os fabrican con aura y energía sintética, si luego sois todas unas putas sádicas. ¡Deja el cuchillo!
'No duele, capullo.
-A mí me importa lo que una flauta marciana. Tenemos que aterrizar y los mandos no funcionan.
-Mandos... Cuatro putos jodidos botones.
-Deja de reirte que me pones nervioso, zorra. Terminaremos por estrellarnos.
-El aura no se rompe.- Volvió a reír a carcajadas.
-Ya, un escudo interespacial. Lo mío es irreparable. ¡Mira, hostia! Joder...
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| Scott Rohlfs |

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