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| Benjamin Lacombe |
El zapato quedó en la escalera, comprimido y deslustrado, casi como si hubiese ardido en su intento de ser salvado del suelo. La calabaza se convirtió en ratón y el ratón en hada. Cenicienta se preguntó dónde carajo estaba el príncipe. Cenicienta se preguntó para qué lo necesitaba.
Nadie le había contado la parte macabra de los cuentos infantiles: como los pies de sus hermanastras habían sido cortados para ajustarse a un estúpido zapato, como su mente se volatilizó con la envidia y como el hada madrina comenzó a perder su lustre y a envejecer en la casa.
Cenicienta no regresó a casa. Cenicienta buscó el túnel de los deseos, de esos que te transportan a un lugar impecable y real. Cenicienta descubrió que nada era como se lo habían contado. Entre tanta ceniza, entre tantas lágrimas, nunca conseguía ver la verdad. El gato de chesire la observaba desde la ventana. [...]

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