viernes, 19 de octubre de 2012
Rock Rose
Entre las flores del jardín apareció una mano. Semienterrada. No era una mano cualquiera. Era una mano pequeña, pálida, blanca, gomosa. Era Rock Rose. Era la muñeca de mi vecina. Tenía mordisqueado el cuello y rota la cara.
Rock Rose vivía en una casa con jardín del siglo XVI, con balcones algo destartalados. Rock Rose compartía la casa con una muñeca. Rock Rose dejó la taza de rosa mosqueta sobre la mesita y vistió a su muñeca. Rock Rose deshizo el cuento y se acostó en la cama, entre sábanas negras. Rock Rose dejó el baile, el instituto y los acoplamientos fortuitos en los asientos traseros de los coches de sus amigos. Se unió a una banda de rock y dejó unos cuantos discos grabados antes de morir. Rock Rose fue importante. Le falta un ojo. Tendré que coserle los brazos. Tendré que pintarle la piel, recortarle el pelo, deshacerle las uñas. Tendré que pisar el césped.
Rock Rose me observa desde el ático, por un pequeño agujero en la pared de madera. Rock Rose ha dejado de visitarme por la noche, ha dejado el ático, el piso y a su compañero de universidad. Ahora vive en London town, en las afueras. En una casa cerca del lago, próxima a los campos de golf y al camino de los sauces.
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