sábado, 31 de agosto de 2013
El gato negro
El arlequín estaba triste.
Hoy se había vestido de negro, con manchas de leopardo verdes, hoy le cruzaba la cara una amapola. El arlequín estaba triste y de su sombrero en flor quitó un pétalo. Llegó la madrugada y el arlequín permanecía sobre el tejado como un gato negro; dejó caer el último pétalo arrancado y sonrió. El gato negro le miró circunspecto y descolgó a la bailarina moribunda de sus sangrantes cuerdas. El vestido todavía escurría la tinta pegajosa del tintorero de la calle Doll. Todo el mundo tiene prohibido rescatar a los ingenios del constructor McPeterson, pero yo, como gato que soy, no tengo idea de esas advertencias.
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