lunes, 5 de septiembre de 2011

El exterminador

No dijo nada. Una sonrisa puede decirlo todo, dejar escapar palabras sin pronunciar y equívocos infinitos. La tonalidad de su cara resultaba harto factible de definir; la caja torácica se expandía con cada inspiración, y los ojos, cuasi muertos, murmuraban paciencia. Morirse no es cosa de muertos, sino de vivos, pero nadie le había explicado que la troposfera y su ineptitud para combinarse con el entorno, pudiesen provocar en su organismo una cierta agonía. Lo aceptaba, meramente, se dejaba llevar hacia el abismo de la inexistencia con calma, pero su cuerpo no correspondía a las órdenes de su cerebro: ¿es que los habitantes de aquel planeta, lleno de agua, de edificios mugrientos, de máquinas obsoletas y un cielo perpetuamente azul cemento, le habían contagiado su
mal? No podía pensar. El hidrocarburo, sin detenerse un segundo, prosiguió en su ascenso hacia la barrera hematoencefálica. Como final no habría una combinación CH4, sino piel cenicienta, pulmones colapsados, ojos inyectados en sangre, un visitante tendido entre unos matorrales y la exposición de una interesante teoría en todos los medios de comunicación masivos del planeta unos días después. No llegarían a tiempo para explicarles que, la vida en la Tierra no era posible, que estaba excesivamente contaminada y que su explorador no había perecido por negligencia.

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