sábado, 4 de agosto de 2012

DAWN

Estaba sentada en la acera, con su falda de cuadros y sus botas altas. Sentada en la acera, mirando la esfera del reloj, pacientemente. Le gustaba mirar a ninguna parte, contentarse con el ruido de los coches, dejar pasar el tiempo, pasar el tiempo, pasar el tiempo... Era como una cancioncilla absurda: mirar el reloj, volver a mirar el reloj, (bis), coro... Una cancioncilla absurda, pero no tenía ninguna prisa. No tenía ningún lugar a donde ir, por lo tanto, prácticamente, nunca tenía prisa.


El sonido sincopado del reloj de la iglesia le abrió desmesuradamente los ojos un segundo, o una décima ( decimonónica) vez. Alba era así, y todo lo demás era producto de la mente de Alba, incluidos los relojes.

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